Ryan Snow ’18
Demasiado Temprano
Demasiado Temprano
When writing this piece for my Spanish 305 class, I was admittedly very out of my element, as this was probably the first creative piece I had written in college to this point (and I’m a senior). Not only that, but the task of writing the piece in Spanish was almost equally daunting, as I have not had an extensive amount of practice in Spanish writing. With the only prompt being to write about an important moment in your life, it took me a while to decide what that moment would be. While many of my classmates chose to write about a sibling, or moving homes, or even moving to America, I felt that I wanted to write this piece about my first real interaction with death, a moment that resonates with me in part because of the bare emotions associated with it, but also due to the fragmented, yet vivid memories that I have of the night that I chose to write about. Although this was not my first experience with death, this was the first death that I was old enough to fully grasp, and as a result, the one that I can most easily put into words. In some ways, I think writing the piece in Spanish forced me to handpick every word a little more carefully to fully recreate the memory as best I could, an exercise that provided me with a degree of catharsis that I hope is reflected in my writing.
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La puerta se abrió y el aire frígido del invierno se precipitó en el gimnasio sudoroso. Era mi madre, pero era demasiado temprano, con casi una hora más en la práctica de baloncesto. Aunque solo tenía diez años, sabía que las palabras calladas entre mi entrenador de baloncesto y mi madre no eran palabras felices, y que para mi, la practica había terminado, demasiado temprano. “¿Por qué te vas Ryan?” me preguntaron mis amigos, demasiado jóvenes para darse cuenta de que esta definitivamente no era mi decisión, y que la razón no era una de alegría. Tenía sospechas sobre lo que estaba ocurriendo, y las caras de mis primos y mi hermano dentro de nuestra coche afuera lo confirmaron. Íbamos a ir al hospital para ver las ultimas horas de la vida de nuestra tía, horas que llegaban demasiado temprano.
Las únicas palabras dichas en camino a Boston era de mi madre y mi tía, describiendo la escena que nos esperaba en el hospital. Con siete, nueve, diez, y trece años, para mis primos y yo, no entendíamos la muerte, pero íbamos a aprender sobre ella en una manera profunda. Las calles frías y blanquísimas con nieve se filtraba en los pasillos del hospital, los decoraciones del Navidad aparecían fútiles contra la tristeza despótica. Afuera de la sala, los doctores y enfermeras nos miraban con dolor palpable. Dentro de la sala, todo mi familia estaba esperando. Mi padre, el hermano de mi tía, irreconocible. Mis primos, que iban a vivir la mayoría de su vida sin una madre. Y mis abuelos, padres que iban a perder su hija. Cáncer de mama, solo diagnosticado el mes anterior. Una vida tan vibrante reducido a agua de una esponja y un silencio sofocante. Una vida incompleta completada demasiado temprano.