Prólogo ︎

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Premio Ramiro Lagos, 2022
Presentation
Primer Premio | 1st Prize
Segundo Premio | 2nd Prize
Premio de traducción | Translation Prize

Imágenes | Image
Christian Báchez, ’24
Ari Herrera, ‘22

Ficción | Fiction
Juan Andrés Ercoli

Poesía | Poetry

Microcuentos

Reflexiones | Reflections 
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Mark
Juan Andrés Ercoli (Argentina)
Cómo me escapé

Dos cafés, las sobras de una fiesta anterior, y la reunión por Zoom. Se comprenderá que en cualquier acontecimiento donde el café ocupe su lugar como merecido protagonista, las conversaciones por sus propios medios se dirigen hacia los temas más intrínsecos del ser humano. Guatemalteco. El café. Holy Cross, el lugar. Una peruana y un argentino, desde la entera pasividad, se predisponen a escuchar las historias de aquellas personas una generación un tanto más alejada que la de ellos, pero aun así similares e igual de hirientes, aunque con cierto sabor vigoroso y rejuvenecedor después del primer trago. Amargo como el del café, pero placentero en su digestión.  Desde los parlantes, voces tras voces, pregrabadas en la privacidad del confinamiento obligatorio, se desprenden para fundirse en una suerte de atmósfera queer en la que ambos latinoamericanos se sienten reconfortados, abrazados por el calor de un flujo incesante de vivencias. Ambos latinos, una mujer, el otro hombre. Nada más hermosamente homosexual que esta escena. Lo único que se interpuso con tal perfección fue la brisa que se escurrió por entre medio de un culo fruncido y el calor producto del sonrojo -o tal vez era el café-, seguido por imperceptibles olisqueos para constatar con el peso de pruebas empíricas que el aroma no era tan perturbador. Una experiencia excelente desde todos los sentidos, excepto uno. A lo mejor las sobras digeridas de la fiesta querían reencontrarse con las futuras.

Disculpen mi humor escatológico. Sigamos.

Sí, el comienzo de este ensayo, reflexión, descargo, argumentación, anécdota, cuento, realismo mágico o una amalgama de todas y ninguna a la vez es un intento de exégesis de una imagen posterior a las que contaré a continuación. Cambio un poco el foco del narrador de esta amalgama, pues recontar experiencias de esta envergadura solo permiten cierto grado de individualismo (narcisismo, me corregiría Sisa, mi compañera de trabajo en HC durante el ciclo lectivo 2019-2020. O aun peor, narcisismo argentino), pero la experiencia le pertenece a uno y quién más que uno para explayarse con la más abrumadora cantidad de detalles. Pedos incluidos. Admitámoslo, las flatulencias pueden desmembrar la seriedad de cualquier historia, y convertirla ya sea en carcajada o en el blanco de unos ojos asqueados.

Soy gay. Cómo dos palabras pueden generar la más revoltosa y vomitiva de todas las montañas rusas emocionales, los autoestimas más “Ígor”, las negaciones más filosas y otros misterios resueltos en la próxima edición de Mythbusters… Ojalá fuese tan sencillo. Vale la pena, pero no quisiera expandirme mucho, mencionar el proceso de aceptación de la sexualidad; de convertir en números positivos todos los sentimientos que acabo de describir y que no alcanzan ni a formar un atisbo de la complejidad que requiere tal proceso. Cada persona tiene procesos diferentes, con diversos grados de resiliencia, para sobrellevar y afrontar lo que a uno le toca. No pretendo establecer una generalización pues sería más que un intento inútil. Rozaría lo irrespetuoso. No pretendo hacer una lista, como si estuviese por navegar los pasillos de un supermercado de cada emoción o pensamiento que me llevó a sentarme en la comodidad de mi gayness (qué hermosa palabra). Ni tampoco me agradaría martirizarme, pero sí tener un espacio -todo el espacio que necesite- para recordar, para manipular, para reflexionar. Me gustaría explorar las idas y vueltas de aquellos acontecimientos que me empujaron por este pasillo por el que fui recolectando aquellas reflexiones que fueron sirviendo a mi interés, que tuvieron tanta injerencia que logré juntar el coraje, el aire, el movimiento de los músculos, la humedad de mi lengua, el vaivén de los labios para pronunciar con todas las letras y con un trago amargo al principio pero placentero en su después que soy gay. O si mantenemos la analogía de pasillos en supermercados, el llegar a pagar en la caja registradora.

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—Che ¿me bancás un par de fines de semana en tu casa?— Sí. Sí. Sí. Por si no quedó claro, me gustaría ahondar una vez más en mi respuesta: Sí. Después de tanto tiempo disfrutando de mi soledad, agradecí la compañía. Sería estúpido negar que, a veces, me sentía bastante del orto. Pero por si alguien pregunta -quién será el afortunado interesado en mi vida-, durante esas instancias era donde más mantenía la cabeza en alto y la más falsa de las sonrisas. Saber que alguien venía a casa a pasar cierto tiempo conmigo, y más que nada, el saber que rumores baratos de barrio diagnosticaban a dicha persona con “lo gay” me hacía sentir un atisbo de oportunidad. Prescripción médica nicoleña y traslado a Buenos Aires para que el médico lo cure. Sigan participando, muchachxs.

            Todo lo contrario. Para no presumir con los detalles, me gustaría resumir en lo siguiente: cuatro fines de semana dignos de Call me by your Name, siempre desde la heterosexualidad externa y la homosexualidad oculta, oprimida, traicionada. Después de esos gloriosos fines de semana con esta persona, mis conclusiones fueron de menor calibre: más allá de su supuesta sexualidad, logré entender un poco lo que quería para mí. Las vicisitudes de la eterna reflexión sobre “qué queremos hacer con nuestra vida” parecían resueltas y solidificadas, por lo menos, en un aspecto. Se puede. Este detalle no es menor cuando uno aprisiona su propia adolescencia dentro del discurso de la incapacidad. Este tiempo, si bien al principio me había mostrado que quería tener un novio y explorar los pormenores de una relación seria (hablemos de proyectar, ¿no?), me sirvió para dirigir el foco hacia este aspecto de la capacidad. Y tan solo espero que a él también lo haya ayudado de cierta manera. Una cura diferente pero igual de eficaz para otro espectro médico: amarse a uno mismo.

A partir de estos “gloriosos fines de semana” y teniendo presente que se acercaba mi viaje a Londres, resolví con la mayor de las determinaciones aceptarme y ser quién soy. A 11000 kilómetros de distancia. En otra cultura. En otro idioma. Solo. Baby steps. Quiero suponer que ya sería pasarme tres pueblos y medio recitar mis experiencias sexuales. Creo que con las flatulencias y las analogías excrementicias basta. Pero no voy a desaprovechar la oportunidad de describir, al menos la primera de ellas desde mi completa aceptación. En Birmingham y con Grindr.

Como todo turista aburrido, vagabundeé por toda la ciudad con el propósito de encontrar algo para hacer pero la industrialización era de tal calibre que hasta la gente portaba caras grises. Lo más interesante y culturalmente valioso era el centro comercial. Y tocarle los huevos a un toro en el centro comercial. Prefiero mi supermercado analógico con reflexiones, acontecimientos y personas como productos adquiribles. No obstante, dicho centro comercial estaba en las inmediaciones del barrio gay. Otra amalgama con otras tantas tazas de café podría utilizar para expandirme sobre los barrios tales o cuáles y lo maravilloso de encontrar un lugar donde identificarse. Las notificaciones no paraban de llegar y sacarme los guantes una y otra vez había provocado que mis dedos se congelaran como estalactitas. Foto de cara, foto de pija. Todo normal. Qué rol te gusta más. Todo más que normal. A mí, me gusta que me asfixien y me den besitos. Qué hice mal en esta vida. Sí, me gusta explorar. No, nunca lo intenté. Ya fue. Era en ese momento o nunca. O, al menos, así me pareció. Quién iba a saber que uno podía decir no. Pero lo necesitaba y fui.

Él trabajaba en Gucci. No recuerdo por qué me resultaba importante recordar ese detalle. Era claro que su departamento tenía más de una habitación, pero solo vi el dormitorio. Me ofreció un vaso de agua (una técnica que se repite casi en cada encuentro), cotorreamos sobre la ciudad, sobre mi viaje, sobre su trabajo, sobre los mínimos detalles de una vida que pueden caber antes de ponerse manos a la obra. Nos besamos. Luego, pensé cuándo iba a empezar a ahorcarme. Era todo nuevo. Seguimos besándonos y el calor fue tomando más terreno, al punto de devolverle su color original a mis dedos. Suave, sabroso, placentero, amargo al principio, sin duda. Así comenzamos. Mano va, mano viene, la cosa se fue descendiendo hacia otros aspectos del amor. O sexo. Mientras estaba en el acto, no sabía qué pensar. Lo más delicioso fue experimentar el calor de sus manos y la presión paulatina de sus dedos en mi cuello. La sensación placentera de sentir su cuerpo frotándose contra el mío mientras me torturaba. Una sensación de sumisión que me extasiaba. Era tan franqueable la confianza en mí que cuando llegó mi turno para cumplir con mi cometido, con aquello por lo que se me había convocado a hacer, me sentí Superman. El poder era demasiado.

Después de tantas vueltas en la cama, con las sábanas entreveradas entre tanto sudor, decidimos acabar. Fue una decisión recíproca, acompañada o impulsada por el clímax disfrazado detrás del cansancio. Como si estuviésemos en una película, ambos soltamos el más largo de los suspiros. Sin embargo, el consciente empezó a escabullirse, neurona a neurona, extendiendo sus dedos y llenando de realidad a mi pobre éxtasis. Estaba con un hombre. Había estado con un hombre después de tantos años. Era real. Era más que tangible.

Supongo que todos tenemos nuestros momentos vergonzosos. Y creo que el que sigue no es la excepción. Aunque no me guste admitirlo con tanta libertad. Acto seguido al acto y ante una inocente, pero aún nociva, invitación a dormir la siesta, me paralicé. El trámite siempre concluía con un gracias y un buenas tardes. Me dejó desconcertado. Lo único que atiné a responder para poder defenderme de tal compromiso fue afirmar con tal vehemencia que tenía una mejor cita. Una cita a la que no podía faltar. Mi mente llevó a cabo un proceso de balance. Los beneficios y las contras pero fue el miedo el que desequilibró el peso. Con una carita que denotaba pasividad y que gritaba por un poco de compasión, levanté la mirada y con cierta firmeza logré decirle que no. Que pasaba. Que era muy amable en invitarme y en tenerme en cuenta pero que ya había comprado entradas para ir al cine. A ver Mary Poppins.

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Hasta ahora fueron débiles la razones que estuve describiendo o pueden llegar a parecer insuficientes o infructuosas para una amalgama de este tipo. Me siento un tanto en la obligación de mostrarles más. De hurgar la mierda para que con ambas manos las plasme sobre este papel y usted disfrute contemplarlas. Como una obra de arte.

            Sobre la vitrina aparece ahora en exhibición el pibe que logró avivar en mí este deseo por el placer en el mismo sexo y por ese le debo mi agradecimiento. Spoiler alert: con el filo de solo una frase pudo destruirme durante mucho tiempo.

Un cuerpo esculpido por Zeus. A la vista. Pero la vida siempre encuentra maneras para interponer una miopía, un astigmatismo y hasta inclusive cataratas a la hora de ir más allá de la apariencia física. Esculpido por dioses griegos, intelectualizado por Dios. O peor aún, alguien con similares características a Trump. Estropeado por la cruz en el cuello, la novia en el brazo y la pelota en sus piernas. No de las pelotas que a uno le gustaría tener en su boca. Para nada. Ya me imagino la exasperación de Sisa o de cualquier otro lector.

Aunque no siempre fue así. Empezamos muy de jóvenes cuando aventurarse a descubrir y a explorar la sexualidad era una idea inocentona. En ese dulce sabor que produce el no saber que tus actos generan consecuencias, empapadas de sentimientos. Como lo describí anteriormente es como termina nuestra historia, pero ambos comenzamos como dos prepúberes que todavía no tenían noción de lo abstracto. Años tras años (a mí me parece que fueron unos 10) se extendió lo que me agradaría calificar como una relación. Aunque a los ojos de cualquier espectador resulte lo contrario. Cada vez que se iba era otra frase que se cernía en el ambiente. Cada vez que volvía encendía un atisbo de esperanza. De sentirse querido. De saber que Esmeralda tiene ojos para el cuasimodo.

Lo que pudo haber terminado en el calor de un abrazo, en el sentir de la respiración de uno sobre el otro, inhalar, exhalar, en el entrevero de las piernas, y la música de fondo hasta que vence el sueño se encontró con la culpa. Los hombres no hacen esto. La culpa es tan quebrantable y frágil. Inhalar, exhalar pero solo y sobre la almohada. Una práctica que me acompañó por otros tantos años. Hasta Birmingham.

Creer o reventar pero la primera persona de la que me enamoré… redoblantes, por favor… sí, fue una mujer. Tomá mate (Dícese de una expresión argentina por medio de la cual se envía a un sujeto a ingerir grandes cantidades de la bebida nacional -y uruguaya, aunque nos cueste admitirlo- con el propósito de aliviar la sorpresa en dicho sujeto que genera una situación en particular). Entendí el “amor” más allá de lo físico, de la personalidad, pues en lo sexual digamos que ni siquiera me llevaba el premio por participación. Entiendo que se pensará que mi amor estaba depositado en otra canasta y le daré todo el peso de la razón. Pero la inocencia nubla a la conciencia y solo me dejó pensar que lo otro era un juego, un chiste entre dos amigos sin consecuencias. No obstante, mi amor por una mujer fue un amor adolescente plagado de drama, digno de una Suzanne Collins. Mi exploración con el sexo opuesto no es pertinente pero sí mi intento por normalizarme. Por querer aferrarme a la única instancia de posible retorno, por desear con ímpetu mimetizarme con mi alrededor católico, blanco, latinoamericano, popular (ya quisiera). Nació y murió y, con eso, nació mi excusa para evitar sufrir de nuevo con otra relación, ya que me consideraba superado, mientras que también se incrementaron mis ganas de empujar a mi sexualidad debajo de la biblioteca o el buró o lo que estuviese a mi alcance.

Un amor escondido y un amor explícito. Uno me destruyó, el otro fragmentó el poco coraje que podría haber acumulado para ser quien era y me sumió más en el miedo. Una mierda complementó a la otra. Una obra de arte.

Convencido y derrotado en tantos aspectos, me dediqué el tiempo a la sobrecompensación que experimentamos los de mi talla. Uno tras otros fueron los logros, vacíos por donde lo mires. El cumplir mandatos produce cierto desgaste, pero nada comparado con soportar la mochila. El gran peso de la mentira, de la actuación no llamada a hacer, de la obligación social. Sopesaba el orgullo y la felicidad y me forzaba a largar una mueca de felicidad. Muchas muecas de felicidad. Falsas pero necesarias.



8 de marzo 2018. El SAME y la Policía llegaron al mismo tiempo. Debatieron por algunos instantes sobre a qué hospital la iban a trasladar. Uno en capital u otro en provincia hacían la gran diferencia. Nos quedamos en capital, aunque el pensamiento en las nubes. El trabajo, un estorbo. El duelo, indeseable. Mi casa, un recordatorio. Casi un mes tuvo que pasar. Pero solo necesité un día para darme cuenta. Para entender que la persona que tenía delante de mí había vivido toda su vida (y ahora atropellándose con la muerte) complaciendo a todo aquél que estuviese a su alrededor. Contribuyendo consciente o inconscientemente a formar una imagen, una fachada sobre lo que ella y su familia eran. Recién cuando los huesos se fueron descalcificando y la gravedad se fue apropiando de la postura, mi abuela comenzó a vivir sin preocupaciones mentales, pues no lograba callar a las físicas. Por preocupaciones mentales no me refiero a que encontró la receta de la psicología. Me refiero a que su mundo se fue apagando, como se apagan las luces en un estadio al finalizar el partido. Aquellos objetos, personas, opiniones que estas luces reflejaban y encandilaban fueron encogiéndose con la muerte, las mudanzas, el olvido, las demoliciones. No quiero esperar tantos años para apagar estas luces. Este no es mi estadio ni tampoco mi partido.

De más está decir que la muerte de mi abuela me llevó a este periodo de soledad. Pero fueron meses, dos temporadas para ser más precisos, los que me vieron adentro de mi casa, la cabeza en el almohadón del sillón y Netflix diciéndome si todavía quería seguir mirando. El poco entusiasmo era para trabajar y para el ejercicio. Para evitar retroceder a ser el cuasimodo. El resto eran vueltas. Infinitas.

Sí, sí, sí. Desesperación acompañaba la vehemencia de esas respuestas de las que ya hablé. No puedo admitir, o me niego a admitir, que esta persona fue el detonante. Más bien, la situación. La capacidad. Párrafos atrás admití que disfruté de mi soledad. Y no pretendo contradecirme. Lo disfruté. Necesitaba caer hasta la base de la mismísima mierda para ir levantándome, vuelta tras vuelta, siguiendo mi propio torbellino, mi propia montaña rusa. Para poder hoy hurgarla y demostrarla con tanto orgullo como cualquiera de esos títulos que mi sobrecompensación logró obtener. Solo que esta vez era por mí. Y acá está. Acá se la mostré. Resumida, pero putrefacta, amarga, pero placentera en su después.

Soy gay. Dos palabras que proyecté en el aire y aterrizaron en un rechazo encubierto. Mi madre, celular en mano y atención dividida, no le va a andar contando a nadie que soy gay. A mi padre no le gusta para nada pero “ya está”. Así lo pone. Ya está. Tantos años solucionados y atados con un moño por un “ya está”. Gracias por la respuesta. Hermoso regalo. Lo más frustrante es tener que reconocer que esperaba más de ellos. No tenía miedo. Siempre fueron comprensivos de cada estupidez que salía de esta cabeza y la lista es interminable. Insufrible a veces con mi actitud, jamás los vi cruzarse de vereda. Esta vez, no solo estaban del otro lado, sino que también me miraban con condescendencia.

Rebobinemos un poco. El torbellino había logrado metamorfosearse en línea recta. En base sólida. Al culminar mi viaje al Reino Unido, en el glamour de un McDonald’s edimburgués, y con gin tonics por cuenta de la casa, dejo que suene la notificación.

    —Ah, ¿con quién estás hablando? Es Tinder o Badoo? —preguntó Flor.
    —Grindr.

Pensaba que era asexual. A la primera persona a la que le confiaba mi secreto le había parecido que yo era asexual. Unos pómulos abultados por las comisuras de los labios extendidos, y un sonrojo producto del alcohol o de la compresión dieron paso al comentario. Y ese comentario dio paso a una charla que se alargó por los callejones de la ciudad hasta llegar hasta el hostel. Sentados en unos escalones y con el castillo en frente, solidificamos una amistad. Gracias, Flor.

Agarré el celular. Entré a WhatsApp y escribí las palabras que tanto me costaron durante tanto tiempo. Había dejado la extrañeza y protección en la cola de un avión y, aunque levemente entusiasmado, lo conocido era abrumador. El bullicio del bar me estaba forzando a elevar la voz más allá de los decibeles que requería para seguir saliendo. Cuando volvió del baño, le mostré el celular. Tuve que escribir esas dos palabras en un mensaje porque no me animaba a gritarlo tan fuerte. No iba a ser cosa de que justo se quedara el bar en silencio y yo gritara a viva voz lo que de a poco me animaba a contar. Se asomaron los característicos pómulos, seguidos del sonrojo entreverado con alcohol y compresión. En ambos casos me volví a sentir un nene: extasiado por la validación. Había salido victorioso en las escondidas. Tanto duró la charla que la continuamos en el camino de regreso. El viento abofeteaba mi cara, al igual que los mosquitos, pero no paraba de pedalear y de hablar. Me habré tragado más de uno. Mariano me acompañaba con la camioneta. Si quieren saber qué era lo que más se me cruzaba por la cabeza era agradecimiento por haber llevado un vehículo de tracción a sangre. Pude agotar un poco las energías de una misión cumplida como quien se mueve un poco antes de irse a dormir con el estómago repleto. Gracias, Mariano.

Así fueron poniéndose en fila hasta llegar a tener la confianza para comulgar a mis padres. Uno a uno los fui bendiciendo con mi secreto. El cura que comulgaba a los fieles cuando yo era monaguillo estaría orgulloso. Los alimenté con el cuerpo correcto. O al menos la idea correcta. Gracias, Colo. Por escucharme entre sorbos de mate y con el culo en ese sillón que tanto pirueteé. Gracias, Sara. Por mudarte a Buenos Aires en el momento oportuno y por fumarte en pipa los discursos y retóricas que justificaban mi accionar (o, mejor dicho, falta de accionar). Por explicarme con tanta paciencia lo que debía escuchar. Por empujarme a experimentar lo que tanto había afirmado que era, pero que la culpa todavía me carcomía. Esa culpa que no se rendía y continuaba asomando su cabeza y alejándose, brevemente, para darme un mínimo respiro para después volver recargada, amarga. Gracias, Malcom, Capu, Pedu, Noe, Seba, Nico, Juani... y no continúo porque no quiero que me pongan la música que invita al ganador a retirarse antes de terminado su discurso.

Interrumpo mi amalgama con sucesos que acontecieron después de la organización esquemática de esta línea de pensamiento y que merecen, sino el Óscar, el Globo de Oro. Mi madre. Mi vieja. Un año y medio transcurrió con el andar del caracol en ciertas ocasiones pero con la agilidad de la liebre en otras tantas, para que surtiera efecto la frase “el tiempo lo cura todo”. Si por todo nos referimos a la cagada del principio, al menos, podemos decir que sí. Espero no tener que destinar tanto tiempo para ver lo que sigue. Para ver cómo se desarrolla la parte de “la costumbre”. No obstante, e igualmente válido, me alegra contar que después de un año viviendo en el exterior (Worcester, Massachussets), tuvimos esa charla. Esa charla que nos debíamos, según ella. Una charla que no era con la intención de destruir al otro, o de socavar los argumentos de la otra persona para llegar a obtener el podio de la razón, sino para dejar las emociones en primer plano. No me gustaría ahondar en detalles porque la privacidad me puede (¿Acá establecemos la línea, Juani? ¿No cuando hablabas de mierda expuesta?). Sí quiero mencionar que ambos pedimos perdón. Ambos nos refugiamos dentro de una atmósfera, si bien no queer, de confianza y entendimiento. Y nos prometimos que íbamos a hacer lo posible y plausible para siempre estar parados en la misma vereda.

Olisqueo. O tengo COVID o realmente el olfato está en su máxima capacidad y el pedo fue de esos silenciosos, pero no traicioneros. Luego de tensar cada músculo por un milisegundo, me relajo. Qué lindo observar las diferencias en nuestras historias y advertir aquellos sucesos donde nos encontramos más identificados con el otro. Qué linda la sensación del café cuando roza las paredes del esófago y se asienta en el estómago, entibiando mi semblante y aportando a mi relajación. Qué linda la compañía. Qué linda la comunidad. Qué fuerte lo que nos une. Qué aberrante lo que nos sucede. Qué maravilloso lo que nos espera. Cuán doloroso. Cuán placentero.

Las historias que emanaban de la computadora solo las interrumpían esas miradas repletas de conocimiento, esas risas sarcásticas, y el crujido de cada bocado. Afirmaría con extrema certeza que esta es una de las pocas ocasiones que me sentí seguro en la totalidad de la palabra. La comodidad era perceptible y así fue, con sus idas y vueltas, durante toda mi experiencia en el exterior. En Worcester, Massachusetts, y con Sisa como una de tantas compañeras. Una de tantas compañeras que se destacó por ayudarme a terminar de convertir ese torbellino en una línea recta y con base sólida. A creer en mí. A apostar por mí. A armarme de palabras e intelecto para defenderme a mí y a la comunidad. Para defender esta atmósfera queer que no dañaría a nadie si no se viese, con tanta frecuencia, en la obligación. A reconocer lo positivo y lo que podría llegar a implicar un peligro. Pero más que nada a comprender que la soledad no aplica a nuestro dolor. Y quién podría discutirlo si dos bellos homosexuales se dispusieron, con café en mano, a prestar un oído a las historias de otros tantos más.

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