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Fósforo reignites |
Fósforo vuelve a encenderse

Tribute | Homenaje 》
Prof. Cynthia Stone, emerita

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Ficción | Fiction
Matthew Junco, ’26
Eileen Ledesma, ’26
Alana Morel, ’26
Katie Nossa, ’26
Kate Santini, ’26

Poesías
Mia Arias, ’26
Gisselle Baez Almonte, ’28
Pablo Granados, ’27
Ashley Jenkins, ’27
Lauren Kim, ’28
Joe Sabatini, ’26
Ismael Sánchez Vargas, ’27
Shakira Suazo Valdez, ’27
Maggie Whelan, ’28

Microcuentos | Microfiction

Maggie DeWald, ’28
Isabella Flores, ’26
Morgan Gorney, ’28
Edgar Juárez Sánchez, ’28
Valentina Pérez Rivera, ’28
Lauren Poltorak, ’26
Yuliana Sánchez Reyes, ’27
Sandy Martínez, ’27
Bridget Sullivan, ’28

Imágenes | Images
Anika Heywood, ’26
Sophie Sundaram, ’26 (Fenwick Scholar)
Madeline “Tessa” Zafon-Whalen, ’26
Artist Interview: Zafon-Whelan

Teatro | Theater
Éowyn Bailey, ’26 (Fenwick Scholar)
Escenas:
Lily Deforge, ’28
Lila Pasquarello, ’28
Keyla Ulloa, ’28

Reflections 
Jazmin López, ’28
Despedidas:
Paloma Apesteguía (Argentina)
Laura Villegas Manrique (Spain)

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Mark

Kate Santini ’26 

Más allá del campo de batalla

Cada vez que el convertible brillante atravesaba la piazza, Evandro y sus compañeros corrían tras el rugido del motor. Ese convertible era la cúspide del lujo y era el sueño de todos sus compañeros montarlo. En los días especiales, el tío de Evandro atendía a sus súplicas y los conducía a través de las montañas escarpadas y los campos de Capestrano. Todos los chicos en el barrio admiraban al tío Carlo, quien había viajado a lugares que ellos no podían imaginar.

Un poco después del sexto cumpleaños de Evandro, el tío Carlo pasó en su convertible mientras los niños estaban jugando fútbol con una pelota hecha de metal desechado en la piazza. Evandro se detuvo en seco cuando su tío le llamó para venir.

—¿Puedo traer a mis amigos conmigo?

—No, solo tú hoy, por favor.

Se despidió de sus amigos con una tristeza falsa, pero la verdad era que no podía perderse la oportunidad de estar en el codiciado convertible. Sus compañeros lo miraron con envidia.

Evandro y su tío manejaban en silencio mientras pasaban por el castillo de la ciudad, el cual los alemanes habían ocupado desde que tenía recuerdo. También ocupaban la escuela primaria, lo que, según su mamá, era la razón por la que él no estaba asistiendo a las clases. No le importaba mucho a Evandro porque prefería pasar sus días jugando con amigos de todos modos.

Evandro no sabía mucho sobre los alemanes, pero entendía la importancia de acatar sus demandas. Incluso sus amigos más valientes reconocían esto.

Después de que habían pasado por la parte principal de la ciudad y el tío Carlo explicó su destino a varios soldados alemanes, este detuvo el motor y se volvió hacia Evandro.

—Es importante que aprendas cómo trabajar. No hay muchos hombres en el barrio ya.

Evandro miraba los ojos azules y brillantes del tío Carlo. Eran copias exactas de los de su padre. Evandro no recordaba mucho de él, aparte de sus ojos, que solían mirarlo atentamente.

El coche estaba aparcado en una viña ubicada en las afueras de su pueblo italiano, Capestrano. Entre un enjambre de trabajadores, Evandro vio a su mamá, quien estaba recogiendo cuidadosamente las uvas de las vides. Naturalmente, él corrió del coche hacia ella, pisando uvas descartadas en el camino. Su tío viejo siguió detrás de él con un ritmo más lento.

Perdida en sus pensamientos, Corrina de repente vio la cabeza de su hijo. Ese pelo despeinado y sonrisa pura. Una parte de ella siempre había envidiado su inocencia juvenil. Todos los días le prometía que su padre volvería, aunque Evandro apenas lo conocía. En realidad, nadie en el barrio había escuchado algo de su papá, Antonio, desde el inicio de la guerra.

Ella asintió a Carlo en señal de saludo. El hermano de su marido había insistido en que enseñara a Evandro cómo trabajar en los campos. En esos días, nadie era demasiado joven para ayudar. Abrazó a su hijo y le instruyó que se quedara con su tío. El resto del día, ella miraba a distancia mientras ellos trabajaban en los campos uno al lado del otro.

De vuelta en la casa, Evandro olió la preparación distintiva de una sopa en la cocina. Encontró a su mamá mientras ella estaba cortando verduras en pedazos pequeños.

—¿Sopa de nuevo?

Este comentario llamó la atención de su abuela, quien estaba acurrucada junto a la radio ilegal, escuchando la transmisión de los Aliados. El ruido de estática siempre le había dado escalofríos a Evandro.

—Me encantan las sopas inventadas de tu mamá. Los nazis nos robaron nuestro último suministro de carne anoche. Agradece que tenemos esto.

—Estoy cansada de las sopas también —su mamá se quejó sobre las ollas chisporroteantes.

La abuela sacudió la cabeza y volvió a la transmisión.

—La Gran Guerra fue mucho peor. ¿Recuerdas, Corrina?

Antes de que ella pudiera contestar, hubo un golpe sorprendente en la puerta.

—¡Abran la puerta ahora! —exigió una voz masculina y severa.

Corrina dejó la cuchara de madera sobre la encimera y se dirigió a la puerta. No importaba cuántas veces sucedía esto, su corazón siempre estaba palpitando. Trató de no pensar en la ración de huevos, pan y naranjas que estaban escondidos en el agujero en la pared de piedra. La abrió con una sonrisa forzada.

—Lo usual. Pedimos comida para apoyar a las tropas alemanas.

—Sí, sí. Por supuesto. Un momentito, por favor —trató de mantener una voz casual.

Volvió de la cocina con una brazada de patatas, verduras y una caja de pasta. Miró con vergüenza a los soldados mientras se mofaban de su ofrenda. Notó que su ropa le parecía recién planchada y hecha con algodón fino. Evitó mirar lossímbolos nazis en sus pechos.

—Voy a echar una mirada —exigió uno de los soldados y, con eso, pasó a un lado de Corrina hacia la cocina.

La familia escuchaba en silencio mientras el nazi rebuscaba entre los gabinetes sin cuidado, haciendo ruidos fuertes. Su compañero se mantuvo alerta en la puerta, ocasionalmente lanzando miradas sospechosas a Corrina. Pronto, el primer soldado volvió con más patatas, dos huevos, un recipiente medio vacío de café instantáneo y una botellita de vino. Internamente, Corrina suspiró con alivio: no habían encontrado el escondite en la pared.

—Una mujer astuta, ¿no? —El soldado resopló—. ¿No pensabas que yo encontraría lo que escondías? ¿Sabes que una mujer que dice mentiras merece ser castigada?

Silencio.

El ruido de una bofetada fuerte contra la piel se oyó a través de la casa.

Más silencio.

Evandro miró en shock mientras su mamá caía hacia atrás con su palma cubriendo su mejilla derecha. En ese momento, pensó: ¿Cómo respondería el tío Carlo a esta situación? Con esto en mente, Evandro caminó hacia los soldados y les dio un empujón firme hacia la puerta.

—¡Ella es mi mamá!

La abuela se apresuró a retener a Evandro de los soldados.

—¡Él no pretendía hacer eso! No le hagan daño, por favor —suplicó Corrina.

El soldado que había golpeado a Corrina parecía desconcertado. No se podía imaginar que él estuviera acostumbrado a la resistencia, especialmente de un chico tan pequeño. Miró al niño y una sonrisa satisfecha lentamente se difundió a través de su cara. Corrina adivinó que era una mirada de respeto incredulo. Luego, el soldado volvió su mirada a ella.

—No nos mientas otra vez.

Con eso, los dos soldados dieron la espalda a la familia y cerraron la puerta con un portazo. Corrina se levantó sola del suelo lentamente y sacudió la suciedad de su delantal.

—Nunca vuelvas a hacer eso —exigió, y luego liberó la respiración que estaba sosteniendo y abrazó a su hijo con firmeza.

La calidez de su mamá calmó a Evandro, aunque todavía no entendía su error. La había protegido. No obstante, cerró sus ojos y se relajó en el abrazo de su mamá.

Unas noches más tarde, Evandro estaba rodeado por la oscuridad acostado en su cama. Pensaba en encender una luz, pero el uso de la electricidad en el barrio estaba prohibido durante la noche. Nunca supo por qué, pero algunas cosas simplemente se aceptaban sin preguntas. Su mamá y su abuela siempre sabían qué era lo mejor para él.

Miró hacia la media luna y contó de uno a cien en su mente. Al número ochenta y uno, oyó un estruendo repentino. Luego, otro estruendo y otro después de eso. Sin pensarlo, Evandro se apresuró al cuarto donde su mamá y su abuela dormían.

Cuando entró, vio que su abuela estaba durmiendo, pero su mamá estaba en una mecedora con su mirada por la ventana y un cigarrillo prendido en su mano derecha.

—¿Eso es humo? —le preguntó en una voz pequeña y señaló hacia la ventana.

Ella no parecía sorprendida de que él hubiera venido. Apagó el cigarrillo en el cenicero de la mesa al lado de ella y dio unas palmaditas en su regazo. Evandro caminó silenciosamente hacia ella y se sentó en su regazo. Todavía podía oír ruidos fuertes, pero parecían más distantes.

—El humo es de fuegos artificiales —le dijo, acariciando el pelo oscuro y alborotado de su niño—. El pueblo de Bussi está celebrando la llegada de alguien especial.

—¿De quién?

—Un hombre poderoso… quien tiene una barba blanca, una gorra graciosa, y siempre lleva los colores rojo, blanco y azul. Vino de una tierra lejana que se llama los Estados Unidos.

—La radio de la abuela siempre habla de los Estados Unidos.

—Es verdad. Es un lugar maravilloso donde viven muchos niños felices.

—Entonces, ¿por qué él está en Bussi?

—Porque… —pausó un momento—… Él quería compartir una fiesta de su patria con la gente italiana. Es una celebración con fuegos artificiales, caramelos y mucha gente.

Los estruendos parecían menos y menos fuertes mientras Evandro comenzó a dormirse en la calidez del pecho de su mamá. Ella siempre contaba el mismo cuento y él siempre escogía creerlo. Era algo así como una rutina para ellos.

—A la gente aquí le encanta una celebración de cualquier tipo —continuó—. El hombre, se llama el Tío Sam, simplemente quería mostrarles otras fiestas.

—¿Tío Sam? ¿Como el tío Carlo? —Evandro masculló sin levantar su cabeza de su regazo.

—Exacto.

Corrina continuó contando la historia hasta que estuvo segura de que él estaba dormido. Con el cuerpo pequeño de su hijo acurrucado encima de ella, resistió el anhelo de encender otro cigarrillo. No dormiría esa noche.

Se quedó en esa posición durante horas. Trató de enfocarse en las respiraciones suaves de su hijo y los ronquidos constantes de la abuela en vez de las bombas distantes. Bussi era una ciudad industrial y una base importante para los nazis ocupantes. Por suerte, Capestrano no era más que un barrio de granjas en las montañas. Los estadounidenses no querrían perder el tiempo con la destrucción de ciudades sin valor.

Según la radio ilegal de la abuela, el final de la guerra era inminente. Los estadounidenses habían destruido la fortaleza de los nazis en Italia durante semanas. Corrina miró por la ventana a la única estrella en el cielo que no estaba oculta por el humo. Apretó sus ojos mientras una lágrima se fugó y corrió por su mejilla. Comenzó a recitar una oración en su cabeza…

Estimado Dios, sé que eres misericordioso. Por favor, déjalo estar vivo. No soy perfecta. He cometido errores, pero no castigues a Evandro. Él necesita a su papá. No puedo criarlo sin ayuda. Por favor, trae a Antonio a su hogar.

Con solo esa estrella como luz, lloró en silencio mientras Evandro dormía en su regazo tranquilamente. Las bombas continuaban y ella no pegó ojo esa noche.

Seis meses después, la guerra había terminado en el frente occidental. Todavía no habían escuchado nada de Antonio, pero Corrina esperaba todos los días por alguna noticia de él.

Evandro volvió a casa después de un día en la escuela. Su mamá estaba arrancando las malas hierbas enfrente de la casa. Se quitó la mochila y la dejó en el suelo sin cuidado. Cuando devolvió la mirada a su mamá, vio algo alarmante: un hombre militar la estaba atacando.

Evandro se sintió casi paralizado. Notó el uniforme. Era un nazi. Necesitaba actuar.

—¡Mamá! —gritó con desesperación.

Sus brazos firmes estaban alrededor de ella y Evandro sintió una ola de náuseas. Horrorizado, vio mientras las lágrimas se acumulaban en los ojos de su mamá. Parecía histérica.

—¡Pare ahora!

El hombre giró hacia él. Con sorpresa, Evandro notó que sus ojos eran anchos y llorosos. Tenía una barba descuidada y había vetas de suciedad en su cara arrugada y, de más cerca, Evandro notó que su uniforme estaba en mal estado, con rayas desvaídas en su chaqueta endeble. No era un uniforme nazi. ¿Tal vez era un uniforme de un prisionero? Evidentemente, no era un enemigo sino alguien que necesitaba ayuda, pero Evandro mantuvo su distancia.

—¿Me recuerdas? —La voz del hombre era fuerte a pesar de su apariencia despeinada.

Evandro no respondió y miró a su mamá buscando consuelo. Ella le dio una mirada alentadora y asintió con la cabeza al prisionero con ojos todavía húmedos. En su cercanía, Evandro finalmente notó los ojos brillantes del prisionero. Eran de un azul profundo. Reconocía ese azul.

Había escuchado las historias de su papá, pero apenas se acordaba de su existencia. Siempre había estado contento con su mamá. Nunca necesitó a otra persona. Durante años, su papá solamente había vivido en las fotos dispersas por la casa. El hombre en las fotos era más fuerte, con una cabeza llena de pelo oscuro, parecido al pelo de Evandro ahora.

—¿Eres mi papá? —Evandro preguntó de pronto.

—Sí —dijo el hombre con una sonrisa tímida.

Extendió una mano a su hijo. Evandro se quedó mirándole con vacilación. Miró a su mamá con incertidumbre, pero ella solamente sonrió y asintió con la cabeza en la dirección del hombre. Su mamá tenía lágrimas en sus ojos pero, extrañamente, estaba sonriendo.

—¿Estás bien, mamá?

—Mejor de lo que he estado en años —respondió ella con nueva claridad.

Con eso, Evandro lentamente aceptó la mano aún extendida. Pronto, sintió los brazos del hombre alrededor de él. A pesar de su incomodidad inicial, comenzó a relajarse en el abrazo. El cuerpo de su papá no se sintió familiar pero, al menos, tenía calidez.

Su papá lo soltó, pero se quedó arrodillado para estar a su altura y mantuvo sus manos en los hombros de Evandro, quien notó sus ojos de nuevo. Sentía que podía ver su reflejo en la claridad de sus ojos. ¿Eran del mismo azul que sus propios ojos?

—Estás muy grande ahora… Te pareces mucho a mí —su papá le sonrió con orgullo—. Ven conmigo, vamos a saludar a tu abuela y a tu tío. Ojalá que él haya conservado mi convertible. Es precioso, ¿sabes? —añadió, guiñándole un ojo.

—¿El coche es tuyo? —respondió con ojos anchos y volvió a mirar a su mamá.

—Estás seguro con él. Estamos seguros ahora —le dijo y asintió con la cabeza a la puerta.

Evandro asintió en respuesta y entró a la casa en tándem con su papá. Sintió una mano firme en su espalda y, con una nueva confianza, miró hacia adelante. Las cosas estarían bien.
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