El eco del tercer deseo
La anciana vivía sola en una cabaña al pie de la montaña, donde el viento rugía como un lobo hambriento y las sombras danzaban con cada chispa del fuego. Decían que era una “tejedora del destino”, capaz de atrapar el tiempo en sus hilos y cumplir tres deseos a quienes se atrevieran a cruzar su umbral. Nadie volvía igual. Su advertencia era un eco eterno: “El tercer deseo siempre tiene un precio”.
Una noche, un joven ambicioso llegó a su puerta. Su voz, cargada de autoridad, resonó como un trueno: “¡Quiero ser el hombre más rico del reino!”. La anciana, cuyas arrugas parecían surcos del tiempo, asintió. Al amanecer, la bolsa que llevaba el joven era un pozo sin fondo: la fortuna parecía llover desde el cielo.
Al cabo de un mes, regresó con una mirada más aguda que una daga: “¡Quiero vivir para siempre!”. La anciana tejió en silencio, sus dedos como ramas retorcidas, y le entregó un hilo dorado. “Mientras lo conserves, el tiempo no te alcanzará”. El joven partió, seguro de haber burlado a la muerte.
Pero la inmortalidad lo atormentó como una fiebre: ¿qué más podría pedir? Meses después, regresó. “¡Quiero ser amado por todos!”, declaró, su voz ahora temblorosa, como si algo dentro de él se quebrara. La anciana lo miró por primera vez. Sus ojos, profundos como un abismo, brillaban con una chispa sombría. Tomó su rueca y tejió con hilos que parecían arrancados del crepúsculo. Cuando terminó, un eco resonó en la estancia: “Concedido”.
El joven cayó al suelo, el cuerpo inmóvil. Cuando abrió los ojos, lo rodeaban flores, velas y rostros llorosos. Estaba encerrado en un ataúd de cristal, admirado por todos, eternamente hermoso, eternamente muerto. Fuera, el viento susurraba la advertencia de la anciana: “El tercer deseo siempre tiene un precio”.
