El hombre que pensaba que podía reparar el mundo con palabras
El poeta se recostaba en un sillón de terciopelo, repasando unas hojas de papel. Inspirado, colocó los papeles en la superficie de su escritorio de caoba pulida y comenzó a escribir. Garabateó por horas sobre los fallos de la sociedad con palabras embellecidas, deleitándose con su ingenio. Al escuchar estos versos, el mundo se unirá en paz y solidaridad, se decía. En ese momento, un reloj de marfil y oro timbró. Era la hora de su reunión semanal. Puso los papeles, una cartera de monedas, un pedazo de pan y un pañuelo en los bolsillos.
Mientras andaba hasta la reunión, pasó a un mendigo que se le acercó, suplicándole algún dinero:
—Señor, que me dé una sola moneda. He perdido mi trabajo y no tengo nada que dar a la familia. Usted parece un hombre afortunado y generoso, y veo el monedero que tiene.
El poeta sintió pena por el mendigo; buscando en el bolsillo, sacó los papeles y le dio una serenata sobre la injusticia económica: unos versos rítmicos y adornados sobre cómo las élites explotan a la clase trabajadora. Se quedó allí predicando por casi media hora. El mendigo le miró con aburrimiento e irritación. Satisfecho, el poeta le dio una sonrisa y se fue.
Más adelante, el poeta se encontró con un huérfano hambriento rogando por cualquier sobra de comida:
—Señor, ¿tiene usted alguna comida? Mis padres murieron en el genocidio y ya no me queda nada. Veo el pan en su bolsillo; un mero trocito sería suficiente.
Con gravedad, el poeta agarró las hojas de su bolsillo. Le dio al niño sus palabras suaves y apasionadas sobre el apuro de los indígenas y la belleza y fuerza de sus tradiciones. Después de una hora de aguantar su declamación poética, un gruñido del estómago del chico interrumpió el discurso. Temblando, el huérfano se echó a llorar. El poeta suspiró y palmeó al niño, continuando contentamente hacia su reunión.
Después, el poeta encontró a un soldado retorciéndose en agonía mientras se aferraba a una herida abierta. Al darse cuenta del poeta, el soldado le rogó:
—Señor, he sido apuñalado. Por favor, necesito algo para parar la sangre. Si me pudiera prestar el pañuelo…
El poeta le dio una mirada empática y buscó en el bolsillo, sacando otras páginas. Se aclaró la garganta y empezó a recitar. Tras docenas de estrofas sobre la frivolidad y la tontería de la violencia, el soldado rompió el sermón con un grito:
—¡Por amor de Dios, me estoy muriendo! Deme su maldito pañuelo, ¿no ve el charco de sangre debajo de sus pies?
—Pero, hijo mío, la poesía es una llave que abre mil puertas —el poeta le respondió.
Con furor, el soldado desató un aullido y cayó al suelo, sin vida. El poeta oró sobre su cadáver y continuó hacia adelante hasta que llegó a la reunión.
Se sentó en una mesa redonda con sus camaradas en un salón grandísimo del palacio gubernamental. El empresario, el dictador y el general ya estaban tomando té.
—Después de cerrar mi fábrica local, los beneficios han aumentado exponencialmente. Debería haberme deshecho de ella más temprano —dijo el empresario.
—Los esfuerzos de purificación racial han tenido mucho éxito en la ciudad. La población de los infrahumanos se ha reducido deliciosamente —dijo el dictador. Levantó su taza para brindar.
—Con orgullo, puedo anunciar que las fuerzas de la oposición han caído gloriosamente. Estamos cazando los restos de los rebeldes en este momento —dijo el general.
—Yo también he tenido muchos éxitos —el poeta sonrió—. Con mis versos, he aliviado las almas desgraciadas de los residentes de nuestra distinguida ciudad —suspiró, satisfecho, casi llorando de alegría—. A veces pienso que la labor de un poeta es como el trabajo de Dios.
