Baraja española
Me busco el dinero leyendo barajas. Tengo 10 años con este trabajo y nunca me ha pasado nada malo. Es que no le puede pasar el mal a una hija devota de Dios. En el patio de mi casa, tengo mi casita con mi altar y una mesa pequeña con dos sillas plásticas, una frente a la otra. De esas sillas que se encuentran en los colmados o en las patronales. O sea, sales de mi casa usando la puerta de la cocina y hay un camino cementado derecho a la terraza, pero antes de llegar hasta allá miras a la izquierda y bajas de ese caminito que es como una acera domesticada. Dejo la puerta abierta por el día para que los santos cojan aire y tampoco les quiero esconder mis quehaceres cuando no estoy trabajando.
Entonces preparo mi cafecito, hago la pasarela hasta las mecedoras de paja y me siento a escuchar los cantares de mis canarios. Somos tremenda banda juntos. Pa’atrás y pa’lante en la mecedora me convierto en una especie de güira siguiendo el ritmo de los canarios. Tiki ti taka ta, un día soleado con olor a mata de coco. Tuku tu tu tu, santos lindos hospedando mi propiedad. Lelolei lelolai, viene mi mejor amiga en camino. La última gota de café baila dentro de la taza con los gránulos agarrados de la mano a la rueda de San Miguel.
Vamos a preparar la casita para mi cita. Hincada frente al altar, me entra un calor frío y escucho rápidamente un suspiro, pero no logro descifrarlo. Los santos suelen llamarme la atención. A veces me dan los buenos días, a veces me notan temblorosa y me cantan, pero a veces me advierten que lea las barajas de ese día con cautela. No le doy mente a los mensajes de los santos porque los entiendo muy bien, pero hoy sí que estoy confundida. No entiendo por qué, de todos los días, hoy me dan esa advertencia si solo tengo una clienta y es mi mejor amiga.
Tiendo a negar a mis amistades como clientes por el probable conflicto de interés. Leerle las briscas a mi familia es muy diferente a leérselas a una amistad. En familia hay una confianza profunda que trasciende generaciones, además de que los santos me prometen mantenernos siempre unidos. Por lo tanto, si ocurriera una casualidad, sería mucho menos catastrófica que la de un amigo caprichoso. Pero mi santísima amiga es, obviamente, parte de mi familia.
Cuando mi enamorado del colegio se juntó con la chica que me acosaba, ella la arrastró al suelo por los moños. Cuando falleció mi mamá, ella secó mis lágrimas con su pañuelo. Cuando mi marido falleció, ella se quedó en mi casa para ayudarme a transicionar a una casa solitaria.
Fueron muchos días que agarré mis sábanas y me acosté a dormir en la casita de los santos para no escuchar los llantos del difunto rebotando contra las paredes de nuestra recámara. En pocas palabras, ella detiene el derrumbe de mi mundo con sus propias manos, como si los mismos santos ordenaran que se nos cruce el camino. Su único defecto es que en mis 10 años de trabajo nunca le he leído las cartas porque según ella, los santos no son para ella y a’chepa cree en Dios.
Por fin llega Pao. A ella no la mata nadie, así que con calma le hago un cafecito con pan y se lo pongo en la galería.
—Bueno, pues ya que estamos aquí… tú sabes que en el barrio se habla. —En este barrio siempre se habla. —Dicen que a la hija de Maritza le dijiste que no se casara y mira… a los dos meses el novio la dejó. —No. Le dije que la espada cruzaba su camino y que no firmara nada ese mes. Ella solita decidió. —Pero lo dijiste con esa voz tuya… como si ya supieras. —No adivino voluntades. Leo caminos.
Silencio. No lo puedo ver desde la terraza, pero siento cómo la vela chisporrotea.
El viento se mete por la puerta de la cocina y cruza el caminito cementado como si también quisiera escuchar. Las hojas de la mata de coco rozan el techo de zinc con un sonido rasposo. Pao deja la taza vacía sobre la mesa de la galería y me sigue hasta la casita. Pensé que ella estaría nerviosa, pero parece todo lo contrario.
Al entrar, el olor a cera derretida me abraza primero. Siempre huele así, un dulce quemado. La mesa plástica estaba limpia, con la baraja española envuelta en su pañuelo blanco. Enciendo una vela nueva frente a San Miguel.
Crack. La cera se abre por el medio, como si algo desde adentro hubiera empujado para salir. Queda la forma de una silueta torcida, con un hueco parecido a una boca abierta. Me quedo mirándola fijamente.
—¿Qué pasa? —pregunta Pao, riéndose bajito—. No me digas que ya vis'te algo.
Su risa antes era cascabel, ahora suena hueca, como cuando le pegas a una sandía dañada. La vela rota me llevó a la noche en que mi marido todavía respiraba en la casa. Esa misma forma se dibujó en la cera mientras pedía que no me lo quitaran, y aún así me lo arrancaron.
Sacudo la cabeza. —Nada. Vamos a empezar, si sigues segura.
Saco la baraja de su cajita blanca con las esquinas gastadas. Las cartas están tibias, como si estuvieran en mano desde temprano. Barajo lento, dándole chance a que me parara.
—Concéntrate —le digo—. Piensa en lo que quieres saber.
La llama de la vela se inclina hacia Pao. Primera carta: espada. La pongo sobre la mesa. El aire espeso, me entra ese calor frío otra vez. Esa corriente que empieza en la nuca y baja por la espalda como si alguien estuviera soplando desde el otro lado del mundo. Cuando se me montan los santos, ya no soy yo.
Miro a Pao a los ojos. El ámbar de sus pupilas está más oscuro de lo normal y en ese brillo vidrioso veo reflejos. Primero a mi mamá. Después a mi marido. Después a mí más joven, la que lloraba por un enamorado sin valor. Parpadeo fuerte.
—¿Qué ves? —pregunta ella, inclinándose hacia adelante.
Como destello, los santos me mostraron conversaciones susurradas en esquinas, mi nombre dicho con una sonrisa torcida, mi casita descrita como curiosidad de pueblo. La espada no hablaba de peligro futuro. Hablaba de traición pasada, un perjurio derivado de mis propios vecinos y mi casi hermana, Pao.
—¿No te molesta que digan que tú trabajas con cosas oscuras? —pregunta, bajando la voz como si los santos no nos pudieran oír a cualquier volumen. —Me molesta que confundan fe con oscuridad, especialmente tú. —Pero es que tú hablas con santos… se te montan… eso asusta. —Asusta lo que no se entiende y tú nunca quisiste entender. —Hay quien dice que tú puedes voltear una carta y arruinarle la vida a alguien. —Las cartas no arruinan vidas. Las decisiones sí. —¿Y si alguien te hiciera daño? ¿Tú no usarías eso que tienes para devolvérselo? —¡No! ¿Cuándo me has visto haciendo algo así? —Ni aunque te traicionen.
Levanto la vista lentamente.
—La traición la juzga Dios. No yo.
Ella suelta una risa pequeña.
—Ay, tú siempre tan santa. —No soy santa. —Barajo otra vez. —¿Sabes lo que más dicen? —continúa, acercándose un poco—. Que tú eres muy ingenua. —Bueno, pues yo prefiero confiar que vivir con sospecha. —Pero hay gente que se aprovecha. —Entonces el problema es de esa gente, no mío, y al parecer tú no eres mejor que ellos.
Siento que algo me presiona los hombros. Se me montan. No grito. No tiemblo.
—El que viene fingiendo se delata solo. —¿Ah, sí? ¿Y cómo? —La intención se ve en los ojos, Pao —dije despacio—. Tú no vienes por interés repentino a mi pasatiempo adorado. Tú vienes a confirmar los rumores pecaminosos del barrio. —¿Confirmar qué? —respondió, con una sonrisa que parecía demasiado ensayada. —Que lo que escuchaste es verdad, que la espiritualidad puede ser un arma letal.
La cera rota se inclina hacia ella.
—Ay, por favor —se rió.
Ella se inclina aún más.
—Hay quien paga mejor por ciertas cosas. Mucho más de las migajas que haces. —Mi don no está a la venta —le dije. —No digo que te vendas… digo que hay oportunidades. —Pero las oportunidades que nacen torcidas terminan torcidas.
Su sonrisa se endurece un segundo. Silencio. Levanto la carta de oro.
—El oro no siempre es dinero —le digo—. A veces es intención.
Ella baja la mirada un segundo. Lo suficiente.
Los santos se retiran despacio, como cuando ya entregan el mensaje. El calor frío se disipa. Respiro.
—No te voy a leer más —le digo, recogiendo las cartas. —¿Qué? ¿Por qué? —Porque tú no viniste limpia.
La palabra se queda flotando entre nosotras.
—¿Me estás diciendo mala? —dijo, con esa risa otra vez. Pero ahora se le quebró al final. —Te estoy diciendo confundida, y mi trabajo no me es alimentar confusión, es alumbrar caminos.
Apago la vela con los dedos húmedos. La mecha suelta un hilo de humo que sube recto hacia el techo, sin desviarse.
—La gente tiene miedo de ti —murmura. —Los santos no hacen daño —continúo—. El daño lo hace la intención torcida. Un cuchillo puede cortar pan o cortar piel, pero no es el cuchillo el que decide.
Pao se levanta despacio.
—La gente tiene razón, te crees muy santa.
Me duele, pero no como antes.
—No —le dije—. Solo soy devota. Y eso no es lo mismo.
Abre la puerta de la casita sin mirarme. El sol le dio en la espalda y por un segundo vuelve a parecer mi amiga de siempre. La que secó mis lágrimas y me sostuvo cuando el mundo se partió. Pero no todos los que sostienen saben sostener sin eventualmente tomar algo a cambio.
