El verdadero comandante
Al frente de la plaza, una muchacha en uniforme le contó que un señor la había intentado tocar a la salida del colegio. Para Rubén, esa queja no se sintió como una ciudadana acudiendo a la policía, sino como una niña confiándole a un compañero que un profesor se la tenía montada. ¿Qué podría esperarse de un tipo que, si acaso, le llevaba tres años? Rubén la intentó llevar a la estación para que pusiera el denuncio, pero la chica le rogó que no fueran “porque le tenía miedo a esos trámites”. Lo cierto es que Rubén quería que se enteraran sus compañeros para que ellos se encargaran.
La joven, Ana María, condujo a Rubén al billar del pueblo bajo la excusa de buscar al agresor. Allí se encontraba un hombre vestido de camisa manga larga beige y pantalón formal negro, de aspecto tranquilo y bonachón, al que ella saludó amablemente y le hizo un ademán señalando con labios pícaros a Rubén. Al terminar la interacción, ella le respondió que tenía que presentar a los nuevos policías al “verdadero comandante”. Acto seguido, el señor le puso unos billetes en la mano y Ana María se fue.
—Yo no la he tocado. Podeí’ jura’lo —bromeó el misterioso sujeto mientras le ponía a Ana María unos billetes en la mano y la despedía con un beso coqueto y juguetón.
“El verdadero comandante” se presentó como Daza, y le pidió al cantinero del billar que le sirviera un trago de whisky del que traían de Venezuela, a lo que Rubén intentó negarse, pues estaba de servicio. El comandante Daza solo se rió e hizo el chiste de “su comandante se lo ordena”.
El comandante de repente se puso serio y comenzó a dar un discurso.
—Mis jefes, mis hombres y yo solo somos terratenientes preocupados por el país y la violenta insurgencia izquierdista, con un interés en fomentar la colaboración con las autoridades para mantener la paz y el progreso en el pueblo. Hay beneficios para los héroes de la patria que contribuyan con nuestra iniciativa —dijo sin una sola imprudente gota de saliva que saliera de su boca.
El comandante pausó, inspiró un poco su cigarrillo y, mientras exhalaba, con una voz ronca por el humo en su garganta, concluyó:
—¿Cuenta la patria con su servicio? —Sí —Rubén respondió, sin saber exactamente cuál era su servicio.
En los días que siguieron a esa reunión, no pasaba nada en el pueblo. Era uno de esos pueblos pequeños donde todo el mundo se conocía y se decían entre ellos “primo” o “sobrino”; hasta el turco dueño de la tienda lo trataba a uno de “pariente”. A los criminales no los entregaban a la policía, sino a la mamá. Ella se encargaba de ajusticiar a su hijo y obligarle a enmendar su delito, que usualmente solo implicaba devolver lo robado y disculparse. Los recién llegados se adaptaban muy rápido a este ritmo de vida. Rubén continuó con sus labores como policía, lo cual, en ese tiempo, significaba ser el empleado de los riquillos del pueblo: llevarse preso al novio no aprobado de la hija del alcalde o sacar de trifulcas a los “niños de oro” cuando se pasaban de copas en el billar.
Por ese tiempo, Ana María salía de la escuela alrededor de la misma hora que Rubén patrullaba por su colegio. A los tantos días de tímidas miradas, ella se le acercó con su perpetua socarronería. Rubén, quien en un principio estaba escéptico a volverle a hablar por lo que sentía una encerrona, comenzó a frecuentar a Ana María, en cuyos ojos vio cicatrices causadas por la resignación y la desesperanza, fuera de su maloso semblante. Ana María tenía el sueño de irse a Bogotá a estudiar medicina, pero desde la muerte de su madre, se había hecho a la idea de vivir como las ancianas del pueblo: sombras de un marido al que compartieron con otras por años dorados, y por los cuales ahora se conforman con el óxido. Su mejor amiga de curso era la ahijada del comandante Daza, y la había conectado para que él le diera el trabajo de atraer a los recién llegados al pueblo para las reuniones con él, cosa que le permitía ayudar en la casa. Era la mejor de la promoción próxima a graduarse aquel diciembre, aunque esto no sirviera para nada. En la casa era básicamente la empleada de servicio de su papá, labor que ella ejercía con agradecimiento y dedicación, más que gusto.
Una mañana, Rubén llegó a la puerta del billar a saludar a los perniciosos que no terminaban de beber desde la noche anterior, y se encontró al comandante Daza, quien le comentó sobre un campesino que necesitaba “una escolta discreta”. Dicho de otra forma, la orden era seguir a este jornalero. Una vez el comandante le dio la dirección y la fotografía de la cédula del campesino, Rubén se lanzó de inmediato a la tarea.
Rubén cumplió la orden. Al caer la tarde, llegó al billar y saludó al comandante con la familiaridad con la que saludaba a todo el mundo. Rasgó la hoja de su cuaderno donde había registrado todos los movimientos del campesino y su familia, y se la entregó al comandante Daza con secretismo, a lo que él reaccionó con una carcajada.
—Ve —decía el comandante Daza entre risas—, ¿y vo’ es que te creei’ James Bond o qué? Pilas, que ahí nos estamos viendo pa’ pagarte. Tómate algo ahí mientras tanto.
Rubén se apartó de la mesa donde estaba el comandante Daza con alivio, como si ya se hubiese podido librar de ese enigmático hombre al entregarle ese papel; fue a donde una de las muchachas que atendía las mesas y se pidió un trago de whisky venezolano, que le había quedado gustando. Después cogió para la pensión donde vivía, se cambió de ropa y se acostó a dormir.
Al día siguiente, como de costumbre, se levantó a las cinco en punto de la mañana, se bañó, se vistió y llegó a la estación de policía a las seis. Saludó a su superior y salió como a las seis y cuarto a dar la ronda de la entrada del colegio, pero ni bien saliendo de la estación, una camioneta todoterreno se le acercó tanto y a tanta velocidad que Rubén pensó que lo atropellaría. Ni bien recuperado del estupor, vio al comandante Daza emerger de la ventana polarizada del asiento del copiloto.
—Subite, que te tengo que pagar, y no me gusta andar con plata aquí. —Señor —dijo Rubén mientras vigilaba que nadie lo viera hablando con Daza—, estoy pendiente con la patrulla. ¿Habrá manera de que, de pronto, podamos liquidar eso después? —Ve, y vo’ ni sabei’ cuánto te voy a pagar. Pilas, que a mí no me gusta deberle a nadie, y menos a la fuerza pública.
Rubén se subió a regañadientes. Daza iba tomando y cantando al son de la música de la radio, mientras su conductor parecía parte de la silletería de lo callado que estaba. Tras una violenta trocha, llegaron a una hacienda. Daza le dijo a Rubén que era suya, y comenzó a mostrarle cada rincón desde la camioneta, haciendo alarde de la inspiración colonial de la casa principal o el altar a la Virgen que mandó a diseñar en Italia, a lo que Rubén solo respondía con cumplidos genéricos.
La camioneta se detuvo a la entrada de una cabaña de ladrillo alejada de la casa principal, al final de un caminito a través del cultivo. Ahí, Daza y su conductor se bajaron y le hicieron un ademán a Rubén para que hiciera lo mismo. Primero entró Daza y después Rubén. El conductor se quedó afuera prendiendo un cigarrillo.
En la cabaña, en la única silla que tenía, estaba sentado el campesino al que Rubén había seguido, amarrado con cabuyas de manos y pies, amordazado, pero sin un solo golpe en el rostro. Rubén intentó salir ni bien vio la situación, pero el comandante Daza lo envolvió en un abrazo y le dijo que “él pagaba completo por el servicio completo”. Mientras lo soltaba del abrazo, le puso un pequeño revólver en la mano. El campesino solo gemía a través de la mordaza.
Rubén llegó a la estación de policía de nuevo como a las nueve de la mañana. Su superior le preguntó dónde había estado, pero al verlo tan pálido, le concedió tomarse el día libre sin más preguntas. Rubén corrió a la pensión y vomitó en el baño comunal. Un vecino santandereano le preguntó si se sentía bien, a lo que Rubén solo dijo que necesitaba descansar. Se encerró en su cuarto, cerró las ventanas y cortinas, y comenzó a caminar por todo el cuarto. Sacó los billetes que el comandante le había dado y que tenía en su bolsillo porque su cartera no cerraba con ellos dentro, y los tiró sobre la cómoda. Quiso gritar, pero se ahorró el escándalo y, con él, las preguntas. Ese día no hizo más que quedarse acostado pensando en cómo la esposa del campesino lo besó antes y después del trabajo sin importar si estaba sucio, sudado o cubierto de sangre de res, mientras esperaba pacientemente a que vinieran sus compañeros en la policía a capturarlo y tratarlo como la porquería de agente y, más importante, ser humano que era. El único que tocó su puerta fue el vecino santandereano con comida porque no bajó a comer.
Al día siguiente salió con el mismo uniforme sudado y con gotas de sangre en la canilla. Fue a trabajar, y el comandante Daza lo volvió a buscar del mismo modo que el día anterior, y al día siguiente también, y al otro. Rubén ya se reía de la broma de intentarlo atropellar, tomaba en el carro camino a la finca, hablaba con el conductor, ordenaba manipular la radio, le rezaba a la Virgen del altar de la finca; la esposa del comandante Daza le hacía sancocho los sábados y lo mandaba con bollo ’e limpio para que tuviera qué comer en la pensión, y mientras ella cocinaba, Daza, en la cabecera del comedor, le hablaba a Rubén, sentado a su lado, sobre política, vallenato o consejos para enamorar a Ana María. Terminaban de comer y, una vez afuera de la casa, Daza le daba las órdenes a Rubén: “Fulano está en mora. Traémelo para ajustar la contabilidad”, “este está haciendo mucha bulla, asegúrate que lo encuentren”, “hay unos forasteros en el pueblo. Requísalos y vení”, “en esta dirección necesitan una escolta discreta”. Incluso, un día, en vez de recogerlo, Daza entró a la estación de policía y halagó a Rubén frente a su superior. Nunca más lo volvieron a disciplinar por llegar tarde, tomado o no seguir la ruta de la patrulla.
La amistad del comandante Daza le trajo beneficios a Rubén, aparte de sus pagos por sus actividades. El comandante, con sus conexiones, logró que Rubén fuera reclutado para participar en un entrenamiento del F-2 cerca de Barranquilla. Rubén aceptó, y de paso le pidió a Ana María que se mudara con él para que se matriculara en una facultad de medicina. Si bien este era el sueño de ella, estaba consciente de que su padre no aceptaría, que pondría la condición de que se casaran, y no sabía si Rubén estaría dispuesto. Rubén no trajo más a colación el tema por ese día.
Como de costumbre, Rubén la recogió a la salida del colegio y la llevó hasta su casa caminando. Una vez en la terraza, y antes de que Ana María pudiera abrir la puerta con su llave, Rubén la restringió y comenzó a tocar. Una vez el papá de Ana María abrió la puerta, quejándose por el escándalo, Rubén lo detuvo y, habiéndose presentado, pidió la mano de Ana María en matrimonio, para sorpresa de todos los presentes.
—Caballero —empezó Rubén—, yo entiendo que usted está en la obligación de proteger a su hija. Más aún después de la muerte de su señora esposa. No obstante, le aseguro que su hija estará en las mejores manos si se va conmigo. —Ve, pelangón —el señor dijo con una voz firme—. Tú lo que eres es un policía, ¿tú cómo es que vai’ a mantene’ a la hija mía? —Vea, maestro. Yo no sé si Ana María le comentó, pero yo me voy para Barranquilla a hacer un entrenamiento con el F-2. Cuando regrese en cuatro meses, seré un agente del F-2, y me quiero llevar a su hija conmigo dentro de lo correcto. Si usted acepta, el comandante Daza sería nuestro padrino de bodas —hizo una pausa a la mitad de la oración, tan imperceptible que no perdería coherencia, pero tan contundente que al señor se le palideció la cara—, porque ese hombre me quiere mucho. Soy su sobrino.
El pobre hombre solo acertó a poner la “condición” de que se casaran antes de irse. Rubén accedió, en un gesto más de condescendencia que de honor. Todo bajo la mirada inertemente nerviosa de Ana María.
Años después, Rubén era el hombre más poderoso de aquel municipio, solo por detrás del comandante Daza. Era comandante del F-2. Andaba en una Machito blanca, portando unas gafas de sol del tipo aviador para esconder los ojos como el baúl escondía la Uzi, una camisa a cuadros, unos jeans y un bigote como el que uno le veía a Saddam en los periódicos.
Ana María era la médico que siempre soñó. Egresada de una universidad en Barranquilla, estaba a punto de hacer su rural en el puesto de salud del pueblo. La pareja tenía dos hijas pequeñas, orgullo de su ablandado abuelo materno, y vivían en el marco de la plaza, en la casa con mayor estrato del pueblo.
Puertas para afuera, eran la familia ideal: el marido proveedor, la mujer que construyó una carrera lejos de la sombra de su marido y las dos hijas en colegio privado bilingüe en la capital departamental. No obstante, Ana María y Rubén no podrían estar más distanciados. Rubén se había vuelto reservado; temía una imprudencia que pudiese delatar delante de su familia la naturaleza de las misiones de “inteligencia” y “limpieza” que hacía para el F-2. Por otro lado, Ana María sentía culpa por las acciones que cometía su marido, una culpa que canalizó en largas jornadas de estudio, con hábitos perjudiciales de sueño y alimentación que muy probablemente continuarían en su año rural. Ninguno de los dos pasaba mucho tiempo en casa criando a las niñas, quienes parecían más hijas de la empleada doméstica.
Por esos días, la fiesta de la Virgen se acercaba. Rubén le venía haciendo inteligencia a unos marimberos de poca monta que habían perjudicado los intereses del comandante Daza; le garantizarían un ascenso rápido a capitán. Habían sembrado sin permiso en la tierra donde trabajaban como agricultores, sin ser más que unos pobres diablos queriendo aprovechar la bonanza. Llegó a su oficina y revisó el archivo por última vez:
Hecho: Cultivos ilegales (cannabis) en propiedad ajena.
Lugar: Finca de Rangel Estrada.
Transgresor(es): Zacarías “Zaca” Acosta, Enrique “Kike” Durán y Rafael “Rafa” Loaiza.
Denunciante: Jacinto Araujo.
Llamó a su subordinado a la oficina y le comunicó los pormenores del operativo. Sería fácil; ya los tenían ubicados. Los capturarían en el billar, donde rutinariamente se sentaban a beber desde que salían de trabajar. A “Kike” Durán y a “Zaca” Acosta los mandarían para el calabozo, y de ahí, serían responsabilidad del juez. A Loaiza no lo bajarían de la camioneta de Rubén en la estación de policía.
Cayó la noche. Los agentes parquearon la camioneta en la puerta del billar. Rubén y su subordinado entrarían y ejecutarían el arresto. Sin placas de identificación, ni protocolo, ni aire de oficialidad, Rubén solo se quedó en silencio viendo a todos en el billar con una sonrisa familiar del que llamaba a todos a su alrededor “sobrino”, mientras su subordinado decía las palabras más temidas del pueblo:
—Caballeros, buenas noches. ¿Me acompañan para una requisa?
Los tres jóvenes, todos menores de 20 años, no veían al subordinado que ejecutaba el arresto, sino a Rubén, ese muchacho que todo el mundo sabía que los podría desaparecer de la faz de la tierra con total impunidad. Ya fuera del billar, Rubén le dio a “Zaca” Acosta un humillante calvazo y metió a los tres muchachos a la camioneta en la segunda fila de la carrocería. Rubén se subió al asiento del copiloto, apoyó su codo derecho contra la puerta, mientras el subordinado ponía seguro de niños en la puerta y se subía al frente de la camioneta, acelerando hacia la estación de policía.
Llegando a la estación, el subordinado abrió la puerta y bajó a “Zaca” Acosta y a “Kike” Durán, pero cuando “Rafa” Loaiza intentó bajarse, el agente lo detuvo y le dijo que lo iban a procesar en otra parte mientras Rubén lo miraba desde el asiento delantero. “Rafa” solo acertó a bajar la mirada sin protestar.
Rubén, su subordinado y “Rafa” Loaiza salieron de la entrada de la estación de policía. Una vez arrancaron, Rubén puso la radio vallenata y comenzó a conversar con “Rafa”.
—Ve, ¿y tú eres de por aquí del pueblo? —preguntó Rubén.
El muchacho calló.
—Ve que a los pela’os maleducados los levantan a penca —bromeó Rubén.
—Del Zulia —respondió “Rafa” en voz baja.
—Ah, soi’ del otro la’o. ¿Cuánto tiempo llevái’ por aquí?
—Dos años.
—¿Y el vallenato te gusta? Yo todos los años invito a estos que están sonando a una parranda en mi casa.
—Ahí, vo’ sabeí’.
—¿Y esos dos pela’os qué? ¿Amigos tuyos?
—De por ahí.
El trío recorrió el pueblo hasta adentrarse en la trocha. Ahí derecho llegaron a la finca del comandante Daza. La camioneta condujo a través de la finca, pasó por el altar de la Virgen, donde Rubén bajó la música, se persignó, dijo un Ave María y mencionó algo de dar la ofrenda en la iglesia temprano el domingo. Siguieron recorriendo hasta parquear enfrente de la cabañita de cemento, donde el conductor y Rubén bajaron a Rafael Loaiza y lo sentaron en la única silla que tenía la cabaña. Se escuchó el motor de otra camioneta llegar a la cabañita y la voz del comandante Daza gritando: “¡Sobrino!”.
Ese domingo, durante la fiesta de la Virgen, Rubén abrió la reja de su terraza hacia las tres de la tarde con un saco lleno de juguetes y otro lleno de víveres. Los niños hacían fila todos los años en Navidad y en la fiesta de la Virgen frente a su casa para recibir juguetes. Todos en la casa participaban: Rubén, su suegro y las dos niñas. Este año, Ana María estaba de guardia en el puesto de salud, por lo que Rubén mandó a su subordinado en la camioneta que le llevara almuerzo a todos los que estuvieran ahí. A Rubén los niños del pueblo lo abrazaban y le agradecían, y después se iban a jugar con sus dos hijas, quienes, al igual que su madre, preferían hacer otra cosa que participar en las lecciones de generosidad de su padre.
Conforme fue bajando el sol, el último niño, de más o menos seis años, recibió su juguete, agradeció a Rubén y se fue a jugar con los demás niños. Por otro lado, su madre, al recibir la canasta de víveres, dijo:
—Usted, agente, es un enviado de Dios. La cosa ha estado difícil desde que mataron a mi marido antes de que naciera el niño. Mire, agente, este era. Tan lindo él —dijo mientras le mostraba a Rubén la cédula de su marido, mientras lo miraba fijamente.
Rubén había visto esa foto antes, pero no ubicaba dónde.
