Prólogo 》

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Keynote
Ameer Phillips, ’17

Premio Ramiro Lagos, 2023
Presentation
Primer Premio | 1st Prize
Segundo Premio | 2nd Prize
Premio de traducción | Translation Prize

Ficción | Fiction
Anyelly Herrera, ’24
Michelle Geiser Menz, ’18
Anonymous

Voces de | Voices of Abiayala
Francisco Huichaqueo (Wallmapu, Chile)
Roxana Miranda Rupailaf (Wallmapu, Chile)

Reimaginings | Reimaginaciones 
Éowyn Bailey ’26
Max Congdon, ’23
Mary Grace Kelly, ’25
Nadia Letendre, ’25
Elena Miceli, ’20
Brendan Robinson, ’26
Grant Ward, ’23

Multimedia
Jimena Bermejo (Theatre)
Ahana Nagarkatti, ’25

Poesía | Poetry
Éowyn Bailey, ’26
Colectivo Stein IV
Ahana Nagarkatti, ’25
Ashley Rodríguez Lantigua, ’23
Camiah Small, ’26

Agradecimientos | Thanks

Equipo editorial

About us | Sobre nosotros

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Mark

Michelle Geiser Menz, ’18

Efectos secundarios, no recomendados

La primera vez que lo intenté fue un momento inolvidable… pero no por las razones que uno espera. Esa noche no la disfruté ni un pelo. Nunca llegué a los gritos de éxtasis, y los resultados tentados no los encontré. A pesar de aquello, quise probarlo de nuevo. De hecho, lo intenté varias veces más y cada otra experiencia fue mejor que la anterior. Me explico: mi primer experiencia con Adderall terminó en una sala de urgencias porque sentía que el estómago se me iba a derretir de quemaduras de segundo grado.

Quizás esos fueron los efectos de probar una droga nueva en un estómago vacío—bueno, casi vacío, porque en ese momento estaba acompañado por una coca de temperatura ambiente y un chingo de Malibu Rum recién sacado del freezer. El ron nunca se congela cuando se guarda en la hielera; un fenómeno científico que hasta hoy me fascina. Los resultados: un trago de proporción perfecta de alcohol y la temperatura ideal para una adolescente de entonces 17 años. Aunque para serles sincera, mi trago podría haber consistido de cualquier otra medida de soda y ron y aún así la hubiese disfrutado. Con tal que el nivel de borrachera fuera el mismo, lo demás daba igual.

Durante ese tiempo estaba viviendo con una familia adoptiva en La Cañada, CA — un pueblo habitado por gente muy bien acomodada que forma parte del uno por ciento (según John y Gail e incluyéndose en estos cálculos). Siempre encontré esa auto descripción un poco arrogante, aunque sí tiene algo de verdad. Ahí vive pura gente adinerada que ha logrado sus fortunas a través del concepto old money. La burbuja suburbana de LC está llena de gente vieja, anticuada y socialmente decaída. Además, es un pueblito bastante conservador para estar en el estado más liberal del país, lo cual hizo que una chica urbana como yo se sintiera como un sapo de otro pozo. ¿Mencioné que tenía 17 años? Estaba en una de esas descuidadas etapas experimentales donde me repetía el mantra I'm finding myself como excusa para hacer lo que se me diera la gana. Pero ese es un detalle minúsculo en el gran esquema de esa noche.

Mi reflexión no se trata de mis aventuras alocadas con niños ricos de casas lujosas, ni de las otras veces que probé Adderall. Como aquella vez que tomé una dosis más fuerte y después vi de corrido una serie lésbica en Netflix; The L word, lo cual solo despertó mis propios deseos sexuales. Incluso, la madre de una compañera de clases estaba en el show y esperaba ansiosamente ver sus tetas, pero por desgracia, su personaje era el único que no mostraba desnudez. Debido a esta subida increíble, me quedaba despierta hasta que saliera el sol y era hora de prepararme para ir a la escuela; luego en la noche comenzaba mi rutina nuevamente en la oscuridad de mi cuarto. Fue una que duró varios días hasta que finalmente terminé la serie. Pero no viene al caso, esta reflexión es sobre mi primer experiencia con un upper, una droga estimulante y la subida que nunca tuve.

No recuerdo qué día fue el viaje al hospital pero sé que sucedió durante la semana y después de clases. No hay duda porque cargaba una mochila de cuero color caramelo que usaba exclusivamente para mis cuadernos. También fui a casa de Leah a pasar la noche. A pesar de vivir en una pequeña mansión con más recámaras que habitantes y una terraza con dos niveles (una con una cancha de voleibol de arena y la otra con una piscina) ahí solita y sin parientes, me aburría. Fue costumbre pasar las noches con mi amiga para escaparme de la soledad y la autoridad casera. Cada otro día usaba el «we’re working on another book report so I'm heading over to Leah’s» como excusa para pasar las tardes y a veces las noches en su casa. Llegando ahí, lo primero que hizo mi amiga fue fumarse un cigarrillo menthol. Luego, lo descartó en el hueco vacío que alguna vez fue una piscina en funcionamiento. Ahora solo queda un hoyo con agua de lluvia estancada y colillas de cigarrillos flotando.

Yo no fumaba, de hecho no fumo, solo bebo. He fumado antes, pero la realidad es que no me apetece mucho el olor a tabaco, siempre deja la ropa impregnada de un olor masculino herbal y amaderado que me recuerda a un abuelo que nunca conocí. Ahora solo bebo de vez en cuando o consumo comestibles para desestresarme un poquito.

Aquel día bebí un trago sencillo que hicimos a cortesía del mini bar de su padre John, no de mi John, sino del suyo (nuestras figuras paternas comparten el mismo nombre). Su padre era alcohólico… es alcohólico. Siempre compraba un montón de diferentes licores para su minibar que por desgracia se bebía alarmantemente rápido. Y es por esa misma razón que John nunca se daba cuenta cuando nos bebíamos sus tragos—algo que pasaba a menudo los fines de semanas. Aquella noche, Leah se coló detrás del mostrador del bar para llenar nuestros vasos plásticos rojos con el resto del ron, aunque poco después subió el resto de la botella al cuarto para evitarnos otro viaje. Terminamos con toda la botella y la descartamos al lado de su cama. Allí estaban todas las botellas de alcohol que habíamos bebido y que ella solita se bebió a lo largo del semestre. En ese entonces, Leah tenía una cama twin con un colchón que se hundía en el medio. Estaba acompañado por un cobertor lila horrendo—deslavado por los años, no por las lavadas. Su amado cobertor no había visto detergente ni un solo día de su existencia, pero supongo que fue esterilizado con todas las manchas de alcohol que absorbió por nuestra mano. El colchón estaba sentado sobre un marco de cama más ancho que permitía un espacio (angosto) entre él y la pared. Ahí acomulábamos todas las botellas hasta que no se pudiera guardar ni una más y tuviéramos que transferirlas a un basurero a escondidas. Recuerdo que habían bastantes botellas, aunque la mayoría fueron vaciadas por la mano de Leah…temo que actualmente sea alcohólica.

A mí no me gustaba mucho ni beber ni estar bajo la influencia—bueno, en comparación con mis amigas. Muchas veces me salía con la mía fingiendo que estaba borracha para no tener que beber tanto (ya saben cómo funciona la presión de grupo). Sin embargo, esa noche recuerdo haber bebido una cantidad generosa porque estaba estresada por un examen de biología de honores. Bebí un poco para calmar mis nervios. Siempre he sido buena estudiante y recuerdo haber querido aprobar un examen, que encima constituía el 30% de mi nota. Leah me advirtió que así nunca sería capaz de concentrarme realmente. Tal vez sí me iba a relajar, pero no sería capaz de estudiar. Necesitaba algo para concentrarme.

No se si todavía sea el caso pero Leah tenía TDAH al igual que yo, con la diferencia de que nunca tomé medicamentos para ayudarme a concentrar en la escuela. Mi madre biológica se negó a drogarme para mejorar mi estado mental así que he tenido que dedicarle más tiempo a mis estudios. Y como «buena» amiga que era Leah, me ofreció una de sus pastillas de concentración y alerta total para ayudarme a estudiar esa noche. Me la tragué junto al resto del cóctel casero que quedaba en mi vaso. Pusimos una playlist de hip-hop en su cuenta de Pandora mientras nos maquillamos para tomar unas fotos cute para subir a Snapchat y otras un poco más subidas de tono para enviárselas a algunos de nuestros pretendientes. Pasó media hora y nada. Todavía no sentía los efectos de la pastilla, así que decidí que era hora de quitarnos la ropa de escuela. En ese entonces nuestro vestuario consistía de unos jeans demasiado apretados que cortaban la circulación y una camiseta pequeñísima estilo crop-top. Nos cambiamos de unos outfits medio-putinga a unos aún más putinga. Ella se puso un jumper negro y yo un vestido de encaje negro escotado y demasiado corto para sacarnos fotos mas atrevidas. A esa edad nos gustaba modelar enfrente del espejo y sentirnos vanidosas en la comodidad de su cuarto.

Ya había pasado una hora y la pastilla todavía no me había hecho efecto. Estaba a punto de reclamar y preguntarle a Leah si de verdad me había dado Adderall y no Tylenol, o si fue que me dio una dosis demasiado pequeña, y de repente… lo sentí. Me llegó una quemadura estomacal tan fuerte que hizo que me arrepintiera de todas mis elecciones de vida. Me acosté para tranquilizar mi estómago, pero el dolor solo empeoró. De pronto vinieron los escalofríos y comencé a sudar, mucho—cosa que mi cuerpo casi nunca hace por sí solo. El dolor perduró, pero cada vez aumentaba más. Más fuerte. Y mucho más fuerte, hasta que finalmente, ya no aguanté y le grité a mi amiga:

—Leah I need an ambulance! I feel like I am going to DIE! —Le exclamé eso una y otra vez. Estábamos aterrorizadas de que su madre descubriera que habíamos abusado de sus medicamentos recetados, pero aún más asustadas de que yo estuviera «literalmente» al borde de la muerte. ¿A los 17 años? ¡No lo creo!

La madre de Leah, cuando digo que voló, ¡voló! Partió de la puerta a toda mecha. Llegamos al hospital en unos 12 minutos, aunque a mi igual me pareció una eternidad. Aunque antes de partir ferozmente por la carretera, su madre se aseguró de llamar a la mía (la adoptiva) y advertirle de mi estado de salud. A pesar de vivir más cerca del hospital, Gail llegó antes que nosotras. Algo que hasta hoy en día me saca en cara, ya que condujo lo más rápido que había conducido en toda su vida por una estupidez (según ella). Incluso, pasó un semáforo en rojo y recibió su primera multa por la que más tarde tuvo que tomar un curso de manejo. Al fin me bajé del carro. Entré aullando por las puertas dobles del hospital de Glendale. Ya para ese entonces estaba retorciéndome y arrugando mi linda carita del dolor. Todavía seguía sudando. Llegué a una ventanilla plástica y hablé personalmente con una enfermera, a pesar de solo comunicarme con oraciones fracturadas. Nunca le hablé de la pastilla ni del licor, me daba mucha vergüenza. Siempre me consideré una niña buena y esto no tenía nada de bueno. La mujer apuntó mi información y me añadió a una lista de espera. Me senté en una silla de metal gris unida a una fila de otras. Recuerdo que el frío del metal me dio piel de gallina y solo empeoró los retorcijones. Me acurruqué en una bola de dolor y crucé mis brazos enfrente de mi estómago para calmarlo. Tenía tanto dolor que le pedí a Dios que me absolviera de todos mis pecados. Prometí ser una buena niña de ahora en adelante (una promesa que todavía estoy tratando de cumplir).

Quizás Él me escuchó y tomó piedad en mí porque poco a poco el dolor disminuyó hasta que

finalmente se esfumó. Se fue tan pronto como había llegado, no lo podía creer. Esperé alrededor de media hora a ver si me llamaba la enfermera o si volvía el dolor, pero como vieron que me había calmado un poco me dilataron bastante. Empecé a sentir una pesadez en los ojos. Eran casi las dos de la madrugada y tenía sueño esperando en la sala de urgencias, pero las sillas no eran muy cómodas como para descansar. Recordé que todavía tenía una prueba el día siguiente, así que necesitaba irme a casa a dormir.

—I feel so much better now, I think we should leave and get some rest. —Les dije esto tan casualmente y como si nada. Pero ni modo, ya era hora de irnos porque el malestar se me había ido. Milagrosamente y aunque todavía no entiendo por qué, mi madre adoptiva (la guardiana legal designada por el gobierno para protegerme y guiarme ya que mis padres no pudieron) dejó que regresara a la casa de Leah a descansar.

La misma casa donde sucedió mi experiencia cercana a la muerte. Y eso hice.

Aunque es difícil de creer dada mi terrible experiencia, unos días después volví a probar Adderall y obtuve mejores resultados. Leah y yo fuimos a una de esas mansion parties organizada por un chico mientras sus padres estaban fuera de la ciudad. Nuevamente mezclamos licor con una de sus pastillas blanquecinas. De alguna manera aguantamos hasta el amanecer, y no sé exactamente cómo pero terminamos en un cementerio jugando spin the bottle. Asimismo, en una noche no muy lejana escribí uno de los mejores ensayos de mi vida para mi clase de literatura, o al menos eso creo. Y algunas ocasiones después, tuve más noches inolvidables, pero en el buen sentido. Aun así, ninguna se compara con mi primera vez, verdaderamente fue la más memorable.

Ahora, casi diez años después, nada quisiera más que tomar otra de las pastillas de mi amiga para poder terminar esta crónica.
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