Prólogo 》

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Keynote
Ameer Phillips, ’17

Premio Ramiro Lagos, 2023
Presentation
Primer Premio | 1st Prize
Segundo Premio | 2nd Prize
Premio de traducción | Translation Prize

Ficción | Fiction
Anyelly Herrera, ’24
Michelle Geiser Menz, ’18
Anonymous

Voces de | Voices of Abiayala
Francisco Huichaqueo (Wallmapu, Chile)
Roxana Miranda Rupailaf (Wallmapu, Chile)

Reimaginings | Reimaginaciones 
Éowyn Bailey ’26
Max Congdon, ’23
Mary Grace Kelly, ’25
Nadia Letendre, ’25
Elena Miceli, ’20
Brendan Robinson, ’26
Grant Ward, ’23

Multimedia
Jimena Bermejo (Theatre)
Ahana Nagarkatti, ’25

Poesía | Poetry
Éowyn Bailey, ’26
Colectivo Stein IV
Ahana Nagarkatti, ’25
Ashley Rodríguez Lantigua, ’23
Camiah Small, ’26

Agradecimientos | Thanks

Equipo editorial

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Mark

Anonymous

Un juego complicado

Ya no hablamos de ajedrez en mi casa. Nunca diría que mi padre es tonto, pero tampoco diría que es inteligente. Siempre le interesaron más los deportes físicos, principalmente los que joden el cerebro. Recuerdo una vez, estaba jugando al hockey, cuando un hombre lo golpeó cuando no estaba mirando. Su cabeza golpeó el hielo y tomó unos minutos en levantarse. Estaba bien, pero pienso mucho en ese momento. Probablemente no le afectó, pero a veces me lo pregunto.

—La parte más importante del juego —me dijo—, es saber qué hacen las piezas. Los peones avanzan un espacio, pero dos si es su primera jugada. Las torres se mueven horizontal y verticalmente. Los caballos se mueven en forma de L y saltan sobre otras piezas, el alfil puede moverse en diagonal, el rey se mueve un espacio en cualquier dirección y la dama puede moverse en cualquier dirección con cualquier distancia.

Cuando explicó el juego, sus ojos brillaron de emoción.

No fue a la universidad, de hecho, estuvo muy cerca de dejar la escuela secundaria. Su padre se fue después de su décimo cumpleaños, lo que dejó a su madre sola con él. Los dos no hablaban mucho entre ellos. Por lo que he oído, mi abuela prefería el castigo físico a la conversación educada. Por eso, él siempre practicaba tantos deportes como podía. Cuanto más tiempo estaba con sus equipos, significaba más tiempo fuera de casa. Me encantaba escuchar sobre sus días de gloria, anotando goles y touchdowns, pero lo que más me sorprendió fue su amor por el ajedrez.

Usualmente, asociamos a los jugadores del ajedrez con genios y, durante un tiempo, pensé que mi padre también era un genio. Yo sabía lo que hacían las piezas, sabía el objetivo del juego, pero mi papá nunca me dejó acercarme. «Jaque mate», gritaba cada vez, mientras sonreía con sus dientes color maíz. Una vez, recién salido de una discusión a gritos con mi madre, me ordenó jugar. Jugamos en silencio, hice todo lo posible para no mostrar las lágrimas que se formaron en mis ojos. Él ganó y se fue del tablero sin decir una palabra.

Le encantan las matemáticas, era su materia favorita. Después de cada día de clase, miraba mi tarea y me mostraba cómo hacerla. Creo que a veces era más para él que para mí. Pude ver una pequeña parte de él morir cuando ya no pudo ayudarme con mi tarea. Me di cuenta de que le gustaba sentirse inteligente. A veces fingía que no sabía algo obvio para poder pedirle ayuda. Esos días siempre fueron mejores que el resto.

—¿Sabías que hay miles de millones de combinaciones después de las primeras jugadas? —me dijo un día. —Cada partido que jugamos es totalmente diferente a los demás.

Durante un tiempo jugamos casi todos los días. Solo los días que él le gritaba a mi mamá, no jugábamos. Pero las veces que sí jugamos, nunca me dejó ganar. No creo que tuviera la capacidad de dejarme ganar.

Nunca hablé con mi abuelo, pero me enteré de su muerte. Dejamos de jugar durante mucho tiempo después de eso. Eso fue más o menos cuando me fui al internado. Traté de enseñarle cómo jugar conmigo en línea, pero no estaba interesado, no es el mejor con la tecnología. Sin embargo, me uní al club de ajedrez y aprendí mucho más de lo que él me enseñó.

Estaba jugando con niños de 14 años que eran algunos de los mejores jugadores en sus países.

Le dije que estaba emocionado de volver a jugar contra él, que yo quería mostrarle todo lo que había aprendido. Cuando regresé de vacaciones, él acepto a jugar conmigo de nuevo. Creo que las cosas estaban en silencio en casa sin mí. Me di cuenta de que mi mamá tenía menos cosas que decir durante ese tiempo. Él eligió jugar con las piezas blancas, lo que da una pequeña ventaja. Hizo las mismas primeras 4 jugadas que siempre, los que había estudiado en mi club.

Hice todas las mejores jugadas en regreso, algo que podría hacer por accidente en el pasado. Sabía sus proximas jugadas, según la teoría del ajedrez, pero él hizo una jugada diferente. A partir de ese momento, fue muy sencillo. Cuando atacó, me defendí perfectamente. Cuando ataqué, él cometió errores. También tomó mucho más tiempo para pensar. Era obvio que yo estaba ganando, pero el juego no estaba cerca de terminar. Sin embargo, de repente, me ofreció la mano y renunció.

—Siempre supe que llegaría el día —dijo, medio sonriendo.

Acabo de cumplir 22 este año y no hemos jugado desde ese día. He aprendido que no debo pedirle que juegue. Es mucho más fácil de esta manera. Aunque ahora habla mucho con mamá. Le gusta jugar al solitario en su teléfono, lo hace feliz. Ya no menciono el ajedrez, creo que le recuerda una época que no quiere recordar, lo cual respeto. Creo que él es más feliz no pensando tanto.
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