Prólogo ︎
Daniel Frost
Dora Calva, ’22
Ashley Rodríguez Lantigua, ’23
Judy Powell

Espacio literario
Juan Andrés Ercoli
Fátima Oseida, ’20
Teresa Gervais, ’20
Anónimo
Stephanie Alcántar
Paola Cadena Pardo

Espacio visual
Michael Beatty
Carmen Taraodo Abril
Claudia Dávila, ’20
Shea O’Scannlain, ’22
Study Abroad Photo Contest
The Getty Challenge

Espacio teatral
Vanessa Attaya, ’22
Manny Álvarez, ’20

Espacio pedagógico
Spanish 406
Montserrat 105G

Espacio reflexivo
Isabelle Jenkins
Hanna Benson ’20
Dora Calva ’22
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Mark
Ashley Rodríguez Lantigua, ’23
Diarios de Cuarentena

Diario #1


Hoy la llave del caliente de la cocina explotó y mojó la sala entera. El martes la puerta del closet de mi habitación se cayó encima de mi ventilador. El lunes prendí una velita en mi escritorio y por poco se queman mis lecturas de antropología. El domingo traté de realizar los sueños de mi mamá y cocinarle un plato del color de la bandera Dominicana y se me quemó el arroz. Una verguenza para mi, otra decepción para ella, pero de esto por lo menos no reímos.

Son como las nueve y media de la mañana. Desde la galería de mi apartamento se pueden ver algunas de las bodegas y algunos negocios que están en esta calle. De vez en cuando, por las mañanitas me siento en la galería para observar el gran misterio y apreciar el raro silencio. No puedo quedarme aquí por mucho tiempo porque el frío de afuera penetra y la caribeña en mi grita. El movimiento perpetuo, los merengues que se oyen a la distancia, y la actividades que nunca terminaban en la Broa’ han dejado de existir. El taller que está enfrente de mi apartamento usualmente está lleno de carros y los ruidos de máquinas reparando piezas de vehículos despiertan a todos. Pero esta mañanita el estacionamiento del taller está vacío y cerrado. El restaurante de New China que queda a la esquina es el único local con el letrero de open prendido. Desde lejitos se ve el lavadero y hay dos carros en frente. Se ven como dos mujeres mayores caminan a una distancia con sus máscaras protectoras y un par de guantes de plástico de los que se ponen las enfermeras para dar vacunas. No hay muchos carros en la calle. La dueña del negocio “Comida Sana” que está a la derecha del taller llega y la veo que se asoma a ver si la bodega de al lado está abierta. La dueña es una señora mayor y nunca la había notado. Puedo leer su confusión a la rara apariencia de nuestra calle vacía. Ella alza la reja enrollable de hierro y después abre la puerta de entrada. Dos segundos después, veo que ella sale otra vez a mirar si los dueños de la bodega de al lado han abierto. Me pongo a pensar en lo que la señora piensa, y me da pena verla sola y confusa. Pienso si ella se pregunta si debería de cerrar su negocio... pero también pienso si en este negocio depende su vida. Ella entra otra vez. 

La comunidad en que vivo trabaja desde las primeras horas del día hasta las últimas horas que ven el sol caer. En esta comunidad se pasa más tiempo en los trabajos que en la casa. Yo presiento la ansiedad en el silencio de la Broa’, porque mi Broa’ es muchas cosas, pero calladita ella no es. 

Hoy mi mama me dijo que yo le tengo su “penthouse vuelto un daycare...” y yo le respondí, “Mami, pero aquí ni la luz del sol se puede ver, ¿y tu sabes lo que es un penthouse?” y nos reímos. Ella siempre usa el humor para hacer lo mejor de nuestras situaciones. Siempre ha sido así, desde que nos mudamos a Estados Unidos. Y ahora más que nunca aprecio su carácter, que ella nunca deja de buscarle una salida a los momentos confusos y difíciles. 

Diario #2


Empiezo el dia con una taza de café Santo Domingo, y este aroma de mi cafecito me hace sonreír porque me lleva directa a mis isla. Escribo en mi agenda las metas que tengo para el mes de abril, ya que es el primer domingo del mes y los días pasan como el viento: ni los veo. Usualmente, trato de escribir mis metas antes de que un nuevo mes entre pero hasta eso he tenido que hacerlo a otro ritmo. Mi lema para el mes va así, “Al paso pero seguro,” ya que mi mente ahora trabaja a otro paso, uno que no reconozco muy bien. 

Una parte de mi se esta acostumbrando a la rutina de Zoom University y esto me parece un poco gracioso. La mente hace adaptaciones increíbles cuando tiene que hacerlas, es como cuando tengo que entregar una tarea a las 11:59 pm y ya son como las 11:23 pm. Mi mente se adapta a la realidad de que ¡ya mijita, a computadora limpia!        

Pero no, en verdad antes de que trajera la universidad a casa, estaba convencida de que no podía encontrar un lugar donde pudiera evitar distracciones y lograra productividad académica. Y ahora me encuentro tomando todas mis clases desde ese mismo rinconcito del mundo. En realidad, estoy agradecida de que sí haya podido encontrar puentes que conectan las dos vidas, que solo un mes atrás estaban completamente divididas. Ahora cuando aprendo sobre nuevos conceptos del mundo, hay algo de estar en mi casa que me trae una familiaridad, y creo que tiene que ver con que puedo conversar con mi mamá sobre todo lo que aprendo. Yo le traigo la universidad a casa, y es como si ambas estuviéramos experimentando el aprendizaje como estudiantes de primera generación juntas. Me da alegría. 

Luego, mi mamá me llama y me dice, —Muchacha, ¿pero tú vas a comer encima de la tareas? ¡Ven a comer! —Ella me sigue insistiendo de que debo separar mi lugar de estudio con lo demás que hago porque es la única manera de evitar de que mis días se derritan como cera del mismo color. Mi mamá me cocina berenjenas guisadas, con moro de habichuela negra y su famosa ensalada de papa. No había comido esto desde que visité a mi tia Zeneida en Santo Domingo durante las vacaciones. Hablamos de quién cocinó las berenjenas mejor. ¡Obvio que las tuyas, ma’! Pero no le digas a tia que me pone brava. Y mi mamá satisfecha. 

Vuelvo y regreso a mi escritorio y empiezo a escribir el ensayo que ya se que me va a tardar cien años para escribir porque se trata de las novela de todas las novelas; el Don Quijote. Llamo a mis amigas para que sufran conmigo, y hablamos sobre todos los diferentes temas que queremos mencionar en nuestro ensayo, pero sólo tenemos siete páginas para eso. Descubrimos más de los mensajes que el libro esconde, y así como Quijote estamos obsesionadas con las aventuras que la novela nos hizo confrontar. Fuimos productivas, solo que... en diferente maneras. 

Me preparo para irme a dormir ya que hice de las mías con mi tarea. Me tomo mi té de manzanilla que mi mama se prepara para ella. Siempre me sirve una taza porque sabe que soy «antoja’», como ella dice. Preparada para la nueva realidad. O eso creo.  

El lunes me levanto y siento un terrible dolor de estómago. Son las 8:00 am. Subo para la galería con todo y dolor, porque terca sí soy. Trato de hacer yoga. Mi cuerpo se ríe de mi. Me duele el moverme mucho y más las poses de yoga. Regreso abajo y se lo digo a mi mamá. Ella me dice que me acueste otra vez. Que tal vez es el sueño. Yo media cansada me duermo otra vez, para ver si se me quita el dolor. Me levanto a las 9:30 am. En 30 minutos, si estuviera en Holy Cross, debería de estar en clase. Pero miro a mi alrededor y me calmo, estoy en casa.  Pero el dolor persiste. ¡Mami! No se me quitó.

—Eso fueron las berenjenas que te cayeron mal. Tomate otro té. —Ahora estoy enferma. Esto es el colmo, pienso. Esto cambia mi tal rutina por completo. No puedo ni leer, ni escribir, ni quejarme de no poder leer porque ayer me quejaba de todo lo que tenía que leer. Ahora da miedo la situación porque ¿Qué será lo que yo tengo? ¡Conchale!   

Mi lema cambia inmediatamente. Ahora va así, Al paso y con incertidumbre.    

Diario #3
Mi susto continuado.

Cuando me enfermé, sentí que estaba encerrada en un eclipse largo que anegó cualquier posibilidad de ningún bienestar. En estos tiempos, es muy preocupante el enfermarse porque lo primero que tu mente concluye es que ya te tocó a ti. Tienes el virus. Aunque trataste de esconderte de él, te atrapó. ¡Coje ahí! 

Si llamas al hospital para explicar cualquier síntoma, los trabajadores de inmediatamente creen que estás tratando de llegar a su hospital. ¿Quién quiere estar en un hospital estos días? La proactividad es considerada como paranoia. Oh, y si tienes diecinueve años, no estás enferma

Duré aproximadamente tres días en un dolor espontáneo. Me rendí y llamé a mi doctor primario. La línea del Centro de Salud me cambió de líneas más de diez veces antes de poder hablar con mi doctor. Al final del día recibí una llamada. Era mi doctor. Me dijo que no sabía de donde venia este dolor (¡pues yo tampoco!), pero que podía ser mi apéndice, que me mantuviera alerta de mis síntomas. 

El doctor le dio otro trabajo a mi mamó. Me recetó unas medicinas raras que ni mi seguro médico cubría. Mi mamá se fue en su caminata por la Broa’ en la tardecita ese mismo día; la pobre no regresó a casa hasta las 7:00 de la noche. Nuestro vehículo usualmente es el autobús público pero ella tenía miedo de estar en próximo contacto con los adultos mayores que están usando el autobús más frecuentemente que nunca ahora.

La medicina me ayudó, pero no me recuperé por completo hasta el fin de semana. Yo estaba tratando de seguir con lo normal en mi vida: la universidad, una tal rutina, bailar por felicidad, y montar en bicicleta antes de que el mundo se levantara. Y aunque esto me ha ayudado a encontrar paz en estos momentos, me di cuenta de que esta etapa me ha cambiado. El enfermarme me cambió. 

A veces no podemos entender el extremo de las situaciones que nos pasan por los lados, de frente, y por detrás de nosotros. Pero cuando hay una posibilidad de que el virus está dentro de ti, manejándote a ti y tu felicidad, solo esa posibilidad te cambia. 

Diario #4

Nacer de nuevo…

Abril no ha sido nada fácil. Siempre tomo este mes como una metáfora. Siempre trato de volver a algo. Empezar de nuevo porque aunque es el mes número cuatro, al fin del día el tiempo ha sido construido por nosotros mismos y no creo en resoluciones para el principio de año solamente. 

El domingo de resurrección fue un día muy importante para mi espiritualmente. Pude montar mi bicicleta de nuevo en la mañanita. Fui al parque que queda a solo cinco minutos de mi casa como a las 6:40 am. A mi me encanta ver el sol despertarse. Es el símbolo del perdono en mi vida. Cuando no tengo un buen día, lo primero que pienso es que el sol no brilla igual todos los días, a veces ni lo podemos ver. Pero aunque detrás de nubes grises, siempre sale. Y así trato de ser yo.

El domingo de resurrección fue un día emprendido por el sol. Me fui en mi pasola, como llaman mis vecinas a mi bicicleta. Sola, conmigo, el viento, el sol y los pajaritos que vuelan bajito porque conocen el ritmo de los días más que nosotros. Aprecié la serenata que les daban los pajaritos a Pachamama, y bueno creo que a mi tambien. Pase por el Templo a la Música. Este templo es mi templo a la libertad creativa mia. Lo miro, y pienso en todo lo que he aprendido sentada enfrente de él, los bailes a los tambores de Juan Luis Guerra que he coreografiado y lo mucho que he vivido en el templo de mi música. 

Yo amo el aire libre. La naturaleza. El sol. Abril sí me ha dado la oportunidad a renacer, porque ya no estoy enferma, y por esto estoy muy aliviada. El estar enferma me forzó a estar involucrada en el momento del presente, porque no quería estar enferma. Ahora estoy tratando de practicar aprovecharme de los momentos en sus momentos y así poder quedarme jugando con el viento y los pajaritos. Pronto usaré la hamaca que me trajo mi mejor amiga Reyna de Guatemala. Sé que pronto el mundo se despertará como el sol, en unos de sus más brillosos días.

Diario #5

¿Cómo crees que eres diferente ahora, después de pasar por esto?

Me he dado cuenta de que tengo la tendencia de siempre querer vivir en el pasado, y en el futuro. Si me sigues en Instagram, siempre publico mis lindas memorias de ese viaje a Grecia y a Italia que fui con mi escuela secundaria. Fue una experiencia tan bonita, y tuve que hacer tantos sacrificios para poder ir que siempre ando reviviendo esa experiencia a través de las fotos que me tomé. O si no esta experiencia, entonces el viaje de regreso a mi isla después de ocho años de no verla. Mis fotos capturan una experiencia que todavía estoy tratando de comprender. Si fuera una naranja, mi nostalgia pudiera considerarse mi primera mitad, y mi futurismo la segunda mitad de mi ser. 

No sé si es la presión que siento a ser la primera en mi hogar de asistir a la universidad, pero desde que entré en las escuelas públicas de Providence supe que iba a tener que tomar propiedad intelectual de mis experiencias y siempre estar alerta al camino que me esperaba y el que quería tomar. Todo lo que hice hasta llegar a la universidad tenía que ver con mi meta de ir a la universidad. En casa, siempre siento que necesito ayudar a mi madre a que se planifique económicamente ya que nunca antes había tenido que hacer eso viviendo en un campo de la República Dominicana. Siento que tengo que tener un entendimiento de los conocimientos financieros que son necesarios para poder vivir una vida cuerda en América. Siempre estoy leyendo un libro diferente para aprender algo que se necesita en casa, como para manejar un carro o como obtener credito. Otro para obtener la ciudadanía. Y otro para traducir la ciudadanía para que mi mamá tambien pueda hacerse ciudadana algún día. Mi identidad como inmigrante, estudiante de primera generación y mujer latina en una casa con una madre sola me han programado a que siempre esté pendiente de cómo mejorarme a mí y mi familia.

Cuando estaba enferma, me sentía tan impotente porque no podía ser productiva. No me podía mover a mi ritmo, ni podía bailar mis canciones de Juan Luis Guerra. La nostalgia estaba escondida en las nubes grises en mi cabeza y todo lo que podía pensar era en lo que sentía en el momento y como no podía seguir preparándome para el futuro. Fue entonces cuando me di cuenta de que no pasaba suficiente tiempo viviendo en mi presente. 

Un día, sé que miraré hacia atrás y recordaré todo lo que ahora vivo. Hoy utilicé este diario para escribir sobre donde me encuentro hoy. En realidad, no me gusta decir la palabra sótano en español porque suena oscuro en mi mente por alguna razón, pero a través de los años este basement se ha convertido en el hogar de mi mamá, mi hermanito, y mío. Hoy acaban de alquilar el primer piso de mi apartamento. Durante toda esta cuarentena estaba vacío, y yo siempre me preguntaba, ¿cuándo será que nosotros vamos a poder a vivir en un primer piso? Aunque estaba vacío, no podíamos pagar el precio de la renta en ese piso. Aunque quisiera tener ventanas que dejaran entrar la luz del sol, me he acostumbrado a nuestro espacio. Las nuevas vecinas están instalando un salón (Dominicano) y ya la música alta llega aquí abajo. Creo que es buena cosa que es la última semana de clases porque ya sé que tendré que acostumbrarme a la nuevas tendencias por aquí.

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